Introducción a la Teoría Holónica: Wilber es el punto de partida.

Publicado en Politica el 3 febrero, 2011 por fakyu69

La realidad no esta compuesta de cosas o de procesos, ni de átomos ni de quarks. No está compuesta de totalidades ni tampoco de partes. Más bien esta compuesta de totalidades/partes, es decir, de holones. Arthur Koestler acuño el término holón para referirse a aquello que, siendo una totalidad en un contexto, es simultáneamente una parte en otro contexto.

Ken Wilber
Va a hacer diez años que llevo dándole vueltas a un sistema cuya paternidad no es del todo mía, ya que en puridad su gestador es el sabio –no encuentro otro término más preciso para definirlo- norteamericano Ken Wilber, cuya propuesta más acabada se remonta a 1995, cuando apareció plasmada en el volumen I de la obra Sex, ecology, spirituality: the sprit of evolution, dividida a su vez en dos libros.

A este primer volumen deberían haberle seguido otros dos pero, pese a que después se han publicado varias obras de éste autor, ninguna ha alcanzado la relevancia de lo que debería haber sido su opus magnum, esa es la verdad.

La obra de Wilber es de difícil recepción para el público académico europeo y, para ser presentada a éste, necesita una formalización, una criba y cierta actualización y reformulación ya que resulta excesivamente heterodoxo, a veces muy dogmático y poco riguroso, y no siempre bebe en las fuentes más puras y originarias de los autores que comenta; esto ocurre nada menos con Platón en filosofía y con la Teoría de la Evolución en biología que son interpretados tan libérrimamente que ciertas afirmaciones –contracciones conceptuales, trazos inacabados, piruetas filosóficas, simplificaciones excesivas…- inducen a confusión.

Sin embargo negar la influencia decisiva de Wilber en el trasfondo de mi obra contendría por mi parte un doble pecado: el de la estupidez y el del desagradecimiento, ambos, sobre todo el primero, imperdonables. En este blog de Biofilosofía pretendo rescatar lo mejor del Wilber menos esotérico y más riguroso y, a partir de unas ideas centrales, construir una teoría maciza y aceptable que de una cierta respuesta a algunas de las cuestiones centrales que hoy afectan gravemente a nuestra Tierra Patria como diría Edgar Morin.

Holones y contexto

Realizada esta aclaración, enlacemos con el articulo anterior, aún a riesgo de repetirnos –no me preocupa nada repetirme en filosofía si consigo apuntalar bien un concepto subordinando la elegancia a la eficacia comprensiva- y volvamos con la cuestión de la jerarquía.

¿Qué significa realmente la palabra jerarquía? Procede del griego por unión de los términos hierós y archo. Hierós, el prefijo, significa sagrado, separado; archo, el sufijo, se refiere al gobierno o autoridad. El poder religioso y el político estuvieron unidos siempre en la historia del llamado “creciente fértil” y esta característica impregnó, primero a los griegos -tras la expansión alejandrina- y luego a los romanos, después de sus conquistas orientales.

El cristianismo fue, de entre todas las religiones mistéricas que florecían en el siglo IV, la única que perduró -asociada al poder tras Constantino I- hasta nuestros días. Por esa vía se produjo el entrelazamiento entre lo religioso y lo político, de modo que la gestión de la cosa pública quedó situada en Occidente –hasta bien entrado el siglo XVIII- en la esfera del hierós, de lo sagrado, de lo separado que se solapaba con la esfera del archo, el gobierno, la autoridad.

La jerarquía quedaba, en la macroesfera de lo social, desvirtuada y desprestigiada por la asociación del poder y la religión que otorgaba al gobernante poderes absolutos, por lo tanto tiránicos y, por ende, se generaba una corrupción absoluta propia de todo régimen totalitario. Martineau señalaba lúcidamente en 1851 que “un planteamiento jerárquico podía degenerar fácilmente en otro despótico”.

Estas cuestiones relacionadas con la tiranía, la opresión y la muerte, que parecían haberse solucionado parcialmente en Occidente tras la II Guerra Mundial y, sobre todo tras la caída del Muro de Berlín, subsisten en la mayor parte del Mundo con la excepción de la Unión Europea de los veinticinco, alguno de sus países limítrofes como Suiza o Noruega, ciertos países de la Commonwhealt –especialmente Canadá, Australia y Nueva Zelanda- y con alguna reserva los Estados Unidos y, de manera intermitente e incompleta, algunos países Iberoamericanos.

Jerarquía y religión

Pero el término jerarquía, tal y como se emplea hoy en día en el ámbito de las ciencias, sobre todo en psicología, biología evolucionista y teoría de sistemas, nada tiene que ver con la religión ni con la política y mucho menos con sus espurios ayuntamientos. Una jerarquía, expresada en términos científicos, es una escala de órdenes de sucesos de acuerdo a su capacidad holística.

En cualquier secuencia de desarrollos, lo que es totalidad en un estadío se hace parte de un todo mayor en el estadío siguiente. Una letra es parte de una palabra completa, que es parte de una frase completa, que es a su vez parte de un párrafo completo, y así sucesivamente.

En el caso de las ciencias biológicas Howard Gardner, en su obra Quest for mind, lo explica del siguiente modo:

Cualquier cambio en un organismo afectará a todas las partes; no se puede alterar ningún aspecto de una cierta estructura sin que afecte a su totalidad; cada totalidad contiene partes y es a su vez parte de una totalidad mayor.

Para el lenguaje Roman Jakobson establece lo siguiente: El fonema es una combinación de rasgos distintivos; esta compuesto por diversas unidades indicadoras y puede ser incorporado a unidades más amplias como sílabas o palabras. Es simultáneamente un todo compuesto de partes que se incluye en totalidades más amplias.

Parte de un todo

Arthur Koestler acuño el término holón para referirse a aquello que, siendo una totalidad en un contexto, es simultáneamente una parte en otro contexto. Si consideramos la frase “el relinchar de los caballos”, la palabra relinchar es una totalidad en relación a cada una de sus letras consideradas individualmente consideradas, pero una parte en relación con la frase que la contiene.

El todo –o contexto- puede determinar el significado o función de la parte. Veamos un ejemplo muy claro: el significado de una palabra, Vg., banco, es muy diferente en el contexto “en el jardín ese es mi banco” que en este otro contexto: “hice la transferencia desde mi banco”. Consecuentemente, la totalidad es más que la suma de sus partes y esa totalidad puede influir y determinar en muchos casos la función de estas.

Una jerarquía cualquiera, está formada por un orden de holones creciente que representan un aumento de totalidad y capacidad integradora: la serie átomos, moléculas, células…constituye un ejemplo de jerarquía natural; la jerarquía es un concepto central en la teoría de sistemas.

Ser parte de un todo mayor significa que ese todo proporciona algún principio –como el pegamento que antes aludíamos- que no se encuentra en las partes aisladas, y ese principio permite varias cosas: que las partes se unan, se conecten, posean propiedades comunes y emerjan nuevas cualidades ausentes en las partes.

La jerarquía, vista así, es un factor que da sentido ya que convierte las acumulaciones en totalidades y los fragmentos inconexos en redes de interconexión. Cuando decimos que el todo es mayor que la suma de sus partes, este “mayor” significa jerarquía.

No significa dominación totalitaria: significa una más alta o más profunda comunidad –y esta es una de las justificaciones del comunitarismo de McYntire aunque él no lo haya expresado así- que reúne las hebras aisladas en una red real.

Jerarquía y totalidad son términos contiguos. Para las ciencias biológicas, Gardner dice: Un organismo biológico es visto como una totalidad cuyas partes están integradas en un todo jerárquico.

Para la lengua, Jakobson manifiesta que ésta es: Simultáneamente una totalidad compuesta de partes y ella misma una parte incluida en un todo mayor.

Para inmediatamente concluir: Jerarquía, entonces, es el principio estructural fundamental.

Figuras dentro de figuras

También es la razón por la que las jerarquías se representan a menudo como una serie de círculos concéntricos, o esferas también concéntricas, o bien “figuras dentro de figuras”. El esquema general de niveles no debe ser contemplado como una serie de estratos geológicos o como si se tratase de los peldaños de una escalera.
Complejas interrelaciones

Estas imágenes no hacen justicia a las complejas interrelaciones existentes en el mundo real, que son mucho más parecidas a las halladas en un juego de cajas chinas o en una serie de esferas concéntricas, ya que un nivel dado puede contener otros niveles dentro de él.

Tampoco las jerarquías son lineales. Los estadíos del crecimiento no son casuales ni aleatorios, sino que se rigen por algún tipo de pauta, que no es ni lineal, ni rígida, ni unidireccional. Estos procesos son interdependientes y complejamente interactivos. Los términos “nivel”, “escala” o “estrato” son meras metáforas.

La jerarquía es asimétrica porque los procesos no ocurren a la inversa. Las bellotas crecen hasta convertirse en encinas pero no al revés; el cigoto humano se desarrolla hasta convertirse en un nasciturus pero el conjunto ya formado y a punto de ser alumbrado, no puede iniciar el recorrido inverso que le devuelva al estado de cigoto.

En lingüística primero hay letras, luego palabras, después frases, pero no al revés Y este “no al revés” constituye una inevitable jerarquía, categoría u orden asimétrico de totalidades crecientes. Todas las secuencias del desarrollo evolutivo proceden por jerarquización, tanto a nivel orgánico como si retrata del desarrollo cognitivo.

En este último, observamos que la conciencia se desarrolla desde imágenes simples que representan un día o un suceso, hasta símbolos y conceptos que representan grupos enteros o clases de cosas y sucesos, hasta postular leyes que integran y organizan numerosas clases y grupos de cosas en redes complejas.

En el desarrollo moral encontramos un razonamiento que va desde el sujeto aislado hasta el grupo o tribu de sujetos relacionados, y después hasta toda una red de grupos más allá de cualquier elemento aislado.

Redes jerárquicas

Estas redes jerárquicas se despliegan necesariamente de manera secuencial o por niveles. Primero son los átomos, luego las moléculas, para después aparecer las células, y después órganos, los tejidos, los sistemas y, con posterioridad, los organismos complejos. La aparición de estas redes no es simultánea. El crecimiento tiene lugar por etapas, y estas están escalonadas en orden lógico y cronológico.

Las estructuras más holísticas o relacionales aparecen en una fase posterior del desarrollo porque han de esperar la emergencia de las partes capaces de integrar o unificar, de la misma forma que las frases completas sólo surgen después de que lo han hecho las palabras completas.

Algunas jerarquías implican un tipo de red o redes de control. Veamos: los niveles inferiores –niveles menos holísticos-, pueden influenciar a los niveles superiores –o más holísticos-, a través de un proceso llamado “causación ascendente”.

Pero los niveles superiores, asimismo, pueden influir y de hecho controlar a los inferiores, la llamada “causación descendente”. Ejemplo: si decidimos mover el brazo, todos sus átomos, moléculas y células se moverán con él; este es un caso de causación descendente.

Heterarquía

Los elementos de un determinado nivel, situado en un contexto jerárquico, operan por heterarquía, es decir que en ese nivel ninguno de esos elementos parece ser más importante y, cada uno contribuye de manera más o menos equivalente al buen funcionamiento de la totalidad del nivel (el llamado “bootstrapping”).

Una totalidad de orden superior T1 del que otra totalidad T2 sea una parte, puede ejercer una influencia definitiva sobre cada uno de sus componentes. Ejemplo: Cuando decidimos mover un brazo, nuestro cerebro/mente, una organización relacional u holística de orden superior, ejerce su influencia sobre las células de dicho brazo que son totalidades de orden menor, pero no al revés: una célula de un brazo no puede decidir por si sola mover el brazo, de la misma manera que la cola no mueve al perro. De lo dicho se deduce: dentro de cada nivel, heterarquía; entre niveles, jerarquía.

En cualquier secuencia de desarrollo o crecimiento, a medida que surge un estadío u holón más amplio, este incluye las capacidades, patrones y mecanismos de funcionamiento de los holones situados en niveles inferiores. Entonces, en ese nuevo nivel, se producen nuevas propiedades que lo amplifican.

En este sentido y, recalcamos, sólo en ese sentido, se puede decir que el nuevo holón es bien más elevado o bien más profundo. Altitud y profundidad implican la dimensión vertical de integración que no se encuentra en una nueva expansión horizontal. Los organismos incluyen células, que incluyen moléculas, que incluyen átomos, pero no al revés.

Así, cualquiera que sea la importancia del valor del estadío previo, el nuevo estadío lo tiene incorporado en su propia formación, y además tiene “algo más” –más capacidad de integración, por ejemplo-, y “ese algo más” significa más valor en relación al estadío previo. Sería Aristóteles quien habría introducido estas nociones en Occidente, mientras que en Oriente lo habrían hecho Shankara y Lao Tse.

Por todo ello, Koestler, después de darse cuenta de que todas las jerarquías están compuestas de holones o grados crecientes de totalidad, señaló que tras todas estas consideraciones, el término científico más correcto para designar una jerarquía natural o social no sometida a patología alguna, es el de holarquía.

La teoría holónica y los principios de conectividad

A continuación vamos a sistematizar en un conjunto de conclusiones o principios básicos lo que podríamos llamar las “pautas de la existencia”, “tendencias de la evolución”, “leyes de la forma” o “propensiones de manifestación”. Estos principios básicos operan en los tres dominios de la evolución y por lo tanto, son tendencias que hacen que este universo -uni-versum, una vez-, o lo que es lo mismo, un pluralismo emergente entrelazado todo él por patrones comunes que denominaremos a partir de ahora leyes de conexión o mejor aún, patrones de conectividad.

Hemos dudado mucho en utilizar el término ley, patrón o hábito estable del universo. Para los alcances de lo que ahora vamos a examinar, nos conformamos con que sea esto último. Utilizaremos el término principio, que nos parece menos altisonante, y comenzaremos por decir que los que vienen a continuación, están extraídos de las ciencias evolutivas y sistémicas modernas, pero haciendo hincapié en que no que no se limitan a dichas ciencias y que van más allá de ellas.

Inicialmente, el problema con que nos encontraremos para destacar los principios comunes existentes en los tres dominios de la evolución, proviene de que estos se presentan en el lenguaje del naturalismo objetivo -el lenguaje de “ello”, el neutro en tercera persona-, y fracasan estrepitosamente cuando son aplicados a los dominios descritos solamente en el lenguaje del “yo” –estética- o del “nosotros” –ética-. Cada uno de los intentos que hemos considerado en orden “a hacer un sistema unificado”, padece de esta minusvalía.

Por lo tanto, siendo muy cuidadosos y a veces pesados y reiterativos, hemos llevado estos principios a un nivel y tipo de abstracción que nos parece compatible con los lenguajes del “ello”, del “yo” y del “nosotros” -o lo verdadero, lo bello y lo bueno, expresión que tomo de Bertrand Rusell ya que, divertido como siempre, decía que lo verdadero era lo suyo, lo bueno era lo de Spinoza y lo bello lo reservaba para Plotino- de forma que la síntesis pueda continuar suavemente hacía dominios en los que, en presentaciones anteriores la teoría de sistemas, se procedía a realizar un agresivo reduccionismo en sus propios términos naturalistas y objetivantes.

Realidad de holones

La realidad no esta compuesta de cosas o de procesos; no esta compuesta ni de átomos ni de quarks; no esta compuesta de totalidades ni tampoco de partes. Más bien esta compuesta de totalidades/partes, es decir, de holones.

Esto es verdad para partículas, átomos, células, individuos, símbolos, ideas,… Todos ellos pueden ser entendidos no como cosas o como procesos, y tampoco como totalidades ni como partes, sino como totalidades/partes, simultáneamente. Así, los intentos habituales de estudio y clasificación tanto si son atomistas como holísticos, están fuera de lugar.

Antes de que un átomo sea un átomo, es conceptualmente un holón y lo mismo ocurre en los siguientes estadíos evolutivos. Todos ellos son totalidades que existen dentro de otras totalidades y de esta forma, en primer lugar y sobre todo, son totalidades/partes mucho antes de que sus “características particulares” puedan ser analizadas por nosotros.

De la misma manera ocurre con la realidad que podría estar compuesta de procesos y no de cosas. El intento de decidir si las unidades básicas de la realidad son cosas o procesos están fuera de lugar, porque sea como fuere, son holones y centrarnos en uno u otro de estos aspectos hace que nos desviemos del tema central. Evidentemente, existen cosas y procesos pero todos y cada uno de ellos son holones.

Por tanto, podemos examinar lo que los holones tienen de común entre sí. Esto nos libera del vano intento de encontrar procesos o entidades comunes en cada nivel y en cada dominio de la existencia, porque ese análisis nunca dará resultado: siempre lleva al reduccionismo y no a una verdadera síntesis.

Si decimos que el universo está compuesto de quarks, privilegiamos a un dominio en particular. Igualmente, en otro extremo del espectro, decir que el universo está compuesto de símbolos por es todo lo que conocemos, también supone privilegiar a otro dominio concreto.

Hasta la literatura

Pero decir que el universo está compuesto de holones no privilegia ningún dominio, ni implica que un nivel específico sea más fundamental. Por ejemplo la literatura -que no la letra escrita en un papel en cuanto tinta conformada- no está compuesta de partículas subatómicas; pero tanto la literatura como las partículas subatómicas están compuesta por holones.

Empezando con la noción de holón y procediendo por medio de una combinación de razonamientos a priori y de pruebas a posteriori, podemos intentar discernir lo que todos los holones conocidos parecen tener en común.

Estas conclusiones se van refinando y revisando al examinar cada uno de los dominios, desde la biología celular hasta las estructuras físicas disipativas, desde la evolución cósmica hasta el crecimiento psicológico, desde los dominios autopoiéticos hasta la fabricación de programas de ordenador, desde la estructura del lenguaje hasta las réplicas del ADN.

2 Comments

Guillermo Saldana said,
September 22, 2007 at 12:30 am

En efecto, encuentro a Wilber muy asertado en trabajos como Breve historia de todas las cosas o Psicologia integral, pero con la teoria Spyral Dinamics de Beck y Cowan que hace tiempo incorporo a su filosofia, realmente estoy guardando cierto recelo ya que me parece un tanto “imperialista” la idea de catalogar la cultura en colores y denominar a su propio movimiento “integral” como el mas evolucionado o el mas alto en la “holoarquia”, ademas de que la teoria Spiral Dinamics se erige sobre el concepto de meme, un concepto que aun falta mucho por discutir, no me parece adecuado construir una teoria tan pretenciosa sobre bases tan endebles.

J. rafael garcía Balcázar said,
April 3, 2010 at 6:26 am

El uso de un “metalenguaje” o abstracción intelectual buscando puntos coincidentes en una explicación epístemológica y sistematizada de los fenómenos del universo o pluriverso, no indican una doctrina con bases firmes, si no una explicación teórica racional, al estilo de los sabios griegos de la antigüedad, que si bien marcaron algunas líneas a seguir, al no tener los medios científicos de investigación, no avanzaron en sus sistemas filosóficos y cognoscitivos. Por ejemplo, en lugar de Holones podríamos hablar de esencia y sustancias o del “ser” y el “no ser”, de los cuales si bien son explicaciones generalísimas e ingeniosas de la realidad o lo que captamos como ésta, en sí, no nos dicen nada, solo nos hacen realizar verdaderos juegos o malabares intelectuales. es mi modesta opinión y respeto los puntos de vista divergentes. gracias.

Fuente : http://caosmosis.acracia.net

BASURA Y GÉNERO. MEAR/CAGAR. MASCULINO/FEMENINO

Publicado en Politica con etiquetas , , , el 4 enero, 2011 por fakyu69

BASURA Y GÉNERO. MEAR/CAGAR. MASCULINO/FEMENINO
Beatriz Preciado

Más acá de las fronteras nacionales, miles de fronteras de género, difusas y tentaculares, segmentan cada metro cuadrado del espacio que nos rodea. Allí donde la arquitectura parece simplemente ponerse al servicio de las necesidades naturales más básicas (dormir, comer, cagar, mear…) sus puertas y ventanas, sus muros y aberturas, regulando el acceso y la mirada, operan silenciosamente como la más discreta y efectiva de las “tecnologías de género.”(1) Así, por ejemplo, los retretes públicos, instituciones burguesas generalizadas en las ciudades europeas a partir del siglo XIX, pensados primero como espacios de gestión de la basura corporal en los espacios urbanos (2), van a convertirse progresivamente en cabinas de vigilancia del género. No es casual que la nueva disciplina fecal impuesta por la naciente burguesía a finales del siglo XIX sea contemporánea del establecimiento de nuevos códigos conyugales y domésticos que exigen la redefinición espacial de los géneros y que serán cómplices de la normalización de la heterosexualidad y la patologización de la homosexualidad. En el siglo XX, los retretes se vuelven auténticas células públicas de inspección en las que se evalúa la adecuación de cada cuerpo con los códigos vigentes de la masculinidad y la feminidad. En la puerta de cada retrete, como único signo, una interpelación de género: masculino o femenino, damas o caballeros, sombrero o pamela, bigote o florecilla, como si hubiera que entrar al baño a rehacerse el género más que ha deshacerse de la orina y de la mierda. No se nos pregunta si vamos a cagar o a mear, si tenemos o no diarrea, nadie se interesa ni por el color ni por la talla de la mierda. Lo único que importa es el GÉNERO. Tomemos, por ejemplo, los baños del aeropuerto George Pompidou de Paris, sumidero de desechos orgánicos internacionales en medio de un circuito de flujos de globalización del capital. Entremos en los baños de señoras. Una ley no escrita autoriza a las visitantes casuales del retrete a inspeccionar el género de cada nuevo cuerpo que decide cruzar el umbral. Una pequeña multitud de mujeres femeninas, que a menudo comparten uno o varios espejos y lavamanos, actúan como inspectoras anónimas del género femenino controlando el acceso de los nuevos visitantes a varios compartimentos privados en cada uno de los cuales se esconde, entre decoro e inmundicia, un inodoro. Aquí, el control público de la feminidad heterosexual se ejerce primero mediante la mirada, y sólo en caso de duda mediante la palabra. Cualquier ambigüedad de género (pelo excesivamente corto, falta maquillaje, una pelusilla que sombrea en forma de bigote, paso demasiado afirmativo…) exigirá un interrogatorio del usuario potencial que se verá obligado a justificar la coherencia de su elección de retrete: “Eh, usted. Se ha equivocado de baño, los de caballeros están a la derecha.” Un cúmulo de signos del género del otro baño exigirá irremediablemente el abandono del espacio mono-género so pena de sanción verbal o física. En último término, siempre es posible alertar a la autoridad pública (a menudo una representación masculina del gobierno estatal) para desalojar el cuerpo tránsfugo (poco importa que se trate de un hombre o de una mujer masculina).
Si, superando este examen del género, logramos acceder a una de las cabinas, nos encontraremos entonces en una habitación de 1×1,50 m2 que intenta reproducir en miniatura la privacidad de un váter doméstico. La feminidad se produce precisamente por la sustracción de toda función fisiológica de la mirada pública. Sin embargo, la cabina proporciona una privacidad únicamente visual. Es así como la domesticidad extiende sus tentáculos y penetra el espacio público. Como hace notar Judith Halberstam “el baño es una representación, o una parodia, del orden doméstico fuera de la casa, en el mundo exterior” (3).
Cada cuerpo encerrado en una cápsula evacuatoria de paredes opacas que lo protegen de mostrar su cuerpo en desnudez, de exponer a la vista pública la forma y el color de sus deyecciones, comparte sin embargo el sonido de los chorros de lluvia dorada y el olor de las mierdas que se deslizan en los sanitarios contiguos. Libre. Ocupado. Una vez cerrada la puerta, un inodoro blanco de entre 40 y 50 centímetros de alto, como si se tratara de un taburete de cerámica perforado que conecta nuestro cuerpo defecante a una invisible cloaca universal (en la que se mezclan los desechos de señoras y caballeros), nos invita a sentarnos tanto para cagar como para mear. El váter femenino reúne así dos funciones diferenciadas tanto por su consistencia (sólido/líquido), como por su punto anatómico de evacuación (conducto urinario/ano), bajo una misma postura y un mismo gesto: femenino=sentado. Al salir de la cabina reservada a la excreción, el espejo, reverberación del ojo público, invita al
retoque de la imagen femenina bajo la mirada reguladora de otras mujeres.
Crucemos el pasillo y vayamos ahora al baño de caballeros. Clavados a la pared, a una altura de entre 80 y 90 centímetros del suelo, uno o varios urinarios se agrupan en un espacio, a menudo destinado igualmente a los lavabos, accesible a la mirada pública. Dentro de este espacio, una pieza cerrada, separada categóricamente de la mirada pública por una puerta con cerrojo, da acceso a un inodoro semejante al que amuebla los baños de señoras. A partir de principios del siglo XX, la única ley arquitectónica común a toda construcción de baños de caballeros es esta separación de funciones: mear-de-pie-urinario/cagar-sentado-inodoro. Dicho de otro modo, la producción eficaz de la masculinidad heterosexual depende de la separación imperativa de genitalidad y analidad. Podríamos pensar que la arquitectura construye barreras cuasi naturales respondiendo a una diferencia esencial de funciones entre hombres y mujeres. En realidad, la arquitectura funciona como una verdadera prótesis de género que produce y fija las diferencias entre tales funciones biológicas. El urinario, como una protuberancia arquitectónica que crece desde la pared y se ajusta al cuerpo, actúa como una prótesis de la masculinidad facilitando la postura vertical para mear sin recibir salpicaduras. Mear de pie públicamente es una de las performances constitutivas de la masculinidad heterosexual moderna. De este modo, el discreto urinario no es tanto un instrumento de higiene como una tecnología de género que participa a la producción de la masculinidad en el espacio público. Por ello, los urinarios no
están enclaustrados en cabinas opacas, sino en espacios abiertos a la mirada colectiva, puesto que mear-de-pie-entre-tíos es una actividad cultural que genera vínculos de sociabilidad compartidos por todos aquellos, que al hacerlo públicamente, son reconocidos como hombres.
Dos lógicas opuestas dominan los baños de señoras y caballeros. Mientras el baño de señoras es la reproducción de un espacio doméstico en medio del espacio público, los baños de caballeros son un pliegue del espacio público en el que se intensifican las leyes de visibilidad y posición erecta que tradicionalmente definían el espacio público como espacio de masculinidad. Mientras el baño de señoras opera como un mini-panópticon en el que las mujeres vigilan colectivamente su grado de feminidad heterosexual en el que todo avance sexual resulta una agresión masculina, el baño de caballeros aparece como un terreno propicio para la experimentación sexual. En nuestro paisaje urbano, el baño de caballeros, resto cuasi-arqueológico de una época de masculinismo mítico en el que el espacio público era privilegio de los hombres, resulta ser, junto con los clubes automovilísticos, deportivos o de caza, y ciertos burdeles, uno de los reductos públicos en el que los hombres pueden librarse a juegos de complicidad sexual bajo la apariencia de rituales de masculinidad.
Pero precisamente porque los baños son escenarios normativos de producción de la masculinidad, pueden funcionar también como un teatro de ansiedad heterosexual. En este contexto, la división espacial de funciones genitales y anales protege contra una posible tentación homosexual, o más bien la condena al ámbito de la privacidad. A diferencia del urinario, en los baños de caballeros, el inodoro, símbolo de feminidad abjecta/sentada, preserva los momentos de defecación de sólidos (momentos de apertura anal) de la mirada pública. Como sugiere Lee Edelman (4), el ano masculino, orificio potencialmente abierto a la penetración, debe abrirse solamente en espacios cerrados y protegidos de la mirada de otros hombres, porque de otro modo podría suscitar una invitación homosexual.
No vamos a los baños a evacuar sino a hacer nuestras necesidades de género.
No vamos a mear sino a reafirmar los códigos de la masculinidad y la feminidad en el espacio público. Por eso, escapar al régimen de género de los baños públicos es desafiar la segregación sexual que la moderna arquitectura urinaria nos impone desde hace al menos dos siglos,: público/privado, visible/invisible, decente/obsceno, hombre/mujer, pene/vagina, de-pie/sentado, ocupado/libre… Una arquitectura que fabrica los géneros mientras, bajo pretexto de higiene pública, dice ocuparse simplemente de la gestión de nuestras basuras orgánicas. BASURA>GÉNERO. Infalible economía productiva que transforma la basura en género. No nos engañemos: en la máquina capital-heterosexual no se desperdicia nada. Al contrario, cada momento de expulsión de un desecho orgánico sirve como ocasión para reproducir el género. Las inofensivas máquinas que comen nuestra mierda son en realidad normativas prótesis de género.

¡No queremos ser estudiantes! ¡Somos maleantes!

Publicado en Politica con etiquetas , , el 9 diciembre, 2010 por fakyu69

Prólogo
Esto es un panfleto. No es un libro, ni un libreto, ni un cuaderno, ni un cuadernillo, es un panfleto. No pretende, ni de lejos, ser objetivo, ni crear consenso. Sus pretensiones son mucho más altas, pues no entendemos por qué hemos de ser modestos cuando podemos aspirar a lo máximo. ¿Qué es lo máximo? No queremos tener límites. No sabemos si los tenemos o no, pero precisamente esa no es nuestra cuestión, no DESEAMOS tener límites, queremos desbordarnos. Nos importamos nosotros. Nos preocupamos de los obstáculos y de los enemigos en la medida en que nos impiden hacer lo que deseamos u obtener lo que necesitamos. Si no estorban, no existen. Y si estorban, deben dejar de existir. Ya nos hemos preocupado durante bastante tiempo por reflexionar sobre el enemigo, el Sistema, el Capital, y tal y cual. Creemos que ya es hora de que nos preocupemos por nosotros. ¿Qué nos gusta? ¿Qué no nos gusta? ¿Qué queremos? ¿Qué no queremos? ¿Cuáles son nuestros deseos reales?.

A eso vamos. Eses es nuestro objetivo, y estamos en disposición de ir a por ello, y a por todo lo demás.

Se dan las condiciones para que lo que ya exista en esencia, salga a la luz y exista realmente.

Como decían algunos estudiantes de la prehistoria del movimiento estudiantil allá por los 60, los estudiantes son una clase en sí misma. No somos asalariados, aunque estemos destinados a serlo la mayoría; ni somos dirigentes como estamos destinados a ser los pocos. No estamos en ningún lado, estamos todavía en transición, en proceso. No queremos decir que estemos a salvo de la mierda del Sistema, pero sí decimos que se dan las condiciones materiales, reales, para revolucionarse, revolverse contra aquello que no queremos y por aquello que queremos.

No tenemos posesiones, nada es nuestro. No tenemos casa propia, ni coche, ni familia, ni hijos a nuestro cargo, por lo que no se nos puede engañar con eso de que somos de clase acomodada, pues no tenemos nada que conservar. Nos falta todo todavía por tener. Lo tenemos todo por delante. Es el primer punto del que hay que tomar conciencia: no tenemos nada que perder. Si hacemos una huelga, no nos van a echar del trabajo, ni vamos a dejar de cobrar un sueldo, ni tan siquiera tenemos que perder unas estúpidas “conquistas sociales” con las que lograron engañar a nuestros padres. Si hacemos huelga, no sólo no vamos a perder nada, sino que vamos a ganar muchas cosas, vamos a recuperar un día de aburrimiento para nuestro beneficio, y lo vamos a convertir en un día de vida real, vida intensa en la que vamos a hacer en cada momento lo que nos plazca y no lo que nos corresponda en nuestro papel de estudiante. Disfrutando del placer del momento subversivo.

Que no nos tomen el pelo, lo único que se puede perder de verdad es el miedo. Miedo que ya no es tanto a las posibles represalias de las distintas autoridades -profesores, consejo, padres…-, ni tampoco es sobretodo el miedo al castigo social por no actuar según lo que se espera de ti acorde con tu rol. Es miedo a uno mismo, miedo a no saber qué hacer cuando nadie nos dirige y nos dicta. Miedo a no saber hacia donde ir cuando nadie nos marca el camino, miedo a no saber qué paso dar en cada momento. Miedo a vivir sin amos. Miedo a la incertidumbre.

Os vamos a contar un secreto al oído: nosotros también tenemos miedo! Es más, creemos que buena parte de nuestra fuerza se basa en ese miedo. No queremos tener las cosas muy claras, no queremos tener un camino marcado ni una luz al final del túnel a la que dirigirnos sonámbulamente. Queremos construir nuestra vida a cada momento, y afrontar el miedo, por lo tanto, de vivir sin amos. Tenemos miedo, es verdad, y nos corroe la incertidumbre, pero esa incertidumbre también hace que nos pique el gusanillo y que nos hierva la sangre. ¿No os atrae la idea de experimentar una vida nueva y abandonar esta existencia mediocre? Pues experimentad, haced lo que sea, hagamos lo que sea, no lo sabremos hasta que no lo intentemos, y aun así, nunca lo sabremos, pues a cada momento estaríamos descubriendo cosas nuevas. No necesitamos más cosas. Queremos movernos. ¿A donde?. No lo sabemos. ALLÍ, por ejemplo, sabemos que no queremos estar aquí. Cualquier cosa menos esto, estamos cansados, este mundo nos aburre, no satisface nuestras necesidades y deseos, no nos place, no nos divierte. Sólo nos divierte joderlo. Pero queremos más, queremos una vida mejor.

Que no nos engañen, tampoco, con nuestro porvenir. Ni somos el futuro ni tenemos un gran futuro por delante. No nos da la gana aceptar el futuro, tener un futuro es escribirse una muerte, escribir la novela de tu vida antes de vivirla: sólo haces lo que YA está escrito, y no construyes tu vida a cada momento. Y no aceptamos el futuro además porque YA no aceptamos el presente miserable que hay ni aceptamos el futuro de mierda que nos tienen preparado. ¡Esta vida es una miseria!.

Somos conscientes, pese a todo, de nuestra situación en el mundo. Somos conscientes de que estamos aquí para ser futuros trabajadores, sabemos que tenemos un papel que cumplir en este mundo, el de estudiante, el de persona que aprende a tragar la mierda de Realidad, el de persona que se afana en aprender la ideología que insuflan los intelectuales del Sistema a través de la cultura, personas que aprenden a reducir su cuerpo y su mente a unos espacios y unos horarios rígidos para llegar al mundo del trabajo con el cuerpo y la mente ya reducidos. Somos conscientes de que somos Estudiantes.

Pero somos conscientes de que queremos dejar de serlo. No queremos acostumbrarnos a unos horarios y espacios, no queremos tragar mierda, no queremos aprender su ideología, ni ninguna ideología. No más intelectuales, no más cultura, no más arte. Nosotros también queremos dejar de ser estudiantes. Pero no queremos dejar de ser estudiantes para ser Trabajadores u otra cosa. No queremos desprendernos de un papel para coger otro. No queremos tener ningún papel, no queremos ser nada, queremos ser lo que nos dé la gana en cada momento. En cada momento. Los estudiantes debemos de empezar a dejar de aferrarnos a ideologías y pensamientos creados, cosas YA hechas a las que nos agarramos por ese miedo a vivir sin amos, a construir cada uno su vida en cada momento.

Es la hora de liarse la manta a la cabeza, abandonar todas las creencias e ilusiones que nos garantizan la seguridad de vivir en este mundo. La seguridad en esta sociedad no son más que unas vallas que nos protegen de… ¿de qué? ¿os habéis parado a pensar alguna vez de qué nos protege la Seguridad que nos ofrecen? ¿De qué debemos tener miedo? Las seguridades nos protegen de nosotros mismos, es a nosotros a los que las vallas no dejan salir, y no a los demás a los que no deja entrar. Nos impiden desbordarnos de lo que está permitido. Son nuestra propia policía que nos vigila en nuestro arresto domiciliario. Te pudres en ti mismo, te adormilas y te aburres, con la seguridad de que vas a seguir viviendo, es decir, tu corazón va a seguir latiendo. ¿Y los demás? ¿y los sueños? ¿y los deseos? ¿y las emociones? ¿la pasión?.

Todo eso está ahí, al otro lado de la valla. Abandonad las seguridades, lo único que hacen es atar, y lanzaos a la emocionante experiencia de vivir sin normas, sin amos, sin roles. Experimentad.

Queremos vivir y experimentar YA, no a medio ni largo plazo. La idea de la revolución como proceso está muy bien, pero no podemos esperar. Necesitamos mejorar nuestro vivir, queremos una forma más intensa de vida, y por eso queremos crear momentos para vivir intensamente. Queremos insurrecciones, sublevaciones, revueltas, la tensión del conflicto abierto. No nos vale tener simplemente el sueño de una revolución, preferimos el sueño y la utopía de un momento en insurrección. La sublevación es una reapropiación, una verdadera ruptura con la monotonía de la vida cotidiana, una verdadera ruptura con las normas sociales, una verdadera ruptura con los roles que a cada momento de la vida debemos adoptar. El momento en sublevación rompe los horarios, el tiempo, que deja de ser una tiranía lineal, para pasar a ser un desorden de momentos vividos intensamente. Sabemos que una insurrección no va a cambiar el mundo, pero sí creemos que puede transformar nuestra vida.

Porque se trata de cambiar el mundo, pero también se trata de transformar la vida. No estamos interesados en ninguna revolución que no eleve nuestra calidad de vida. No nos interesa un mundo, por muy libre y justo que sea, si la vida es igual de aburrida, tediosa, monótona, racional y mediocre que la que hay ahora.

Abogamos por crear la revolución que nunca triunfe.

No queremos triunfar. No queremos perder el sueño y la utopía. No nos interesan las cosas que tienen un fin, ni las cosas cuyo destino anticipado es morir. No queremos tener futuro, ya iremos fabricando nuestra vida. No queremos definirnos ahora, ya nos irán definiendo nuestros actos. No queremos tener todas las cosas claras, ya nos iremos aclarando con la practica.

No tenemos las cosas claras. Pero OJO, eso no quiere decir que vayamos a permitir que vengan listillos a aclararnos a nosotros y a decirnos quienes somos y que queremos y qué no queremos. No admitiremos vanguardias revolucionarias que vengan a encabezar nuestra revuelta con sus ideologías. Y no vamos a permitir, tampoco, a los líderes sindicales ni a los sindicatos en sí mismos. No os vamos a dejar, os lo avisamos, no vamos a permitir ningún intento de manipulación, ni vamos a dejar que recuperéis nuestras luchas para el Sistema, llevándonos por los inofensivos cauces de la democracia. ¡Abajo la democracia! ¡no más diálogo! Hay que dar caña. Os lo advertimos, si intentáis meter vuestra zarpa entre nosotros, vamos a arremeter contra vosotros con toda nuestra ira. Mejor todavía, arremeteremos contra vosotros aunque no intentéis meter la zarpa, sólo por lo que sois y lo que hacéis, por vuestra función de bomberos del fuego de la revuelta. ¡Recuperadores de mierda, estáis en el punto de mira!.

Todo está en el punto de mira. Nada de este mundo es salvable. Los estudiantes nos cagamos en todo. Hemos empezado a desengañarnos de las credulidades de la vida moderna, no creemos en la seguridad del hogar lleno de sentimientos electrodomésticos, ni en las máquinas que dan una felicidad patética, como la sonrisa del burro al morir. Los coches no son más que el modelo del ideal burgués de felicidad. Quemémoslos, rompamos los escaparates de la alienación y de la falsa vida.

Quemar coches, romper escaparates. No es una consigna lo que os mandamos. Quemar, romper, son nuestros sentimientos lo que os lanzamos. Os lanzamos nuestra rabia, nuestra ira. Nuestros deseos y nuestros sueños. Es lo que pensamos. Nosotros somos eso.

Insurgimos en nuestro ambiente como lava de volcán. Queremos irrumpir, no esperar a florecer como las plantas. Queremos lucir el doble sin resignarnos a durar la mitad de tiempo. Somos utópicos, somos unos ilusos. ¡Ilusos! ¡Habéis dejado de soñar! Os habéis hecho mayores, sois tan adultos como un universitario invadido por el tedio con veintipocos años. Nosotros nunca hemos dejado de ser niños. Aún somos salvajes y nos resistimos a que nos domestiquen.

Mordemos.

Somos utópicos y salvajes.

Seguro que pensáis que estamos locos, ¿verdad? .

Este panfleto es un virus. Se extiende y fluye por el mundo sin límites tejiendo redes de deseos subversivos. Puedes formar parte de él. Es más, puedes ser él. Difúndelo, fotocópialo, regálalo a tus seres queridos. Crea sueños.

Salvajes
Madrid, diciembre de 1998.

Cuando hablamos de metrópoli queremos decir …

Publicado en Politica el 14 noviembre, 2010 por fakyu69

CS Laboratorio

Metrópoli no es sinónimo de gran urbe ni de centro capitalista. Es un esquema para describir la actual articulación entre la esfera económica y la política, la interpenetración entre explotación y dominio; en definitiva, el lugar (espacio y tiempo) en el que nos hallamos. Tanta metrópoli hay en el “centro” como en la “periferia”, en el “campo” como en la “ciudad”, en el “primer mundo” como en el “tercer mundo”. En el siguiente texto daremos vueltas sobre el concepto de metrópoli utilizando libremente otros textos ya editados o fotocopiados.

El desierto como metáfora de la metrópoli

El desierto nos rodea poco a poco, extendiendo ante nosotros una arena gris que no brilla bajo el sol. En los oasis, papeles, bolsas de plástico, latas… son arremolinados por el viento. El agua hedionda, cubierta de manchas de aceite, sirve para limpiar los coches. ¡Si por lo menos se pudiera uno perder! También esta posibilidad, resecada por el fuego que cae del cielo, está transida de vacío. Desprovistos de toda seguridad, un mar de arena que sin embargo no quiere tragarnos se mueve bajo nuestros pies. Como windsurfistas cada uno en su tabla sin tierra firme que pisar, las condiciones de vida se parecen cada vez más a las de las estaciones espaciales: nada de oxígeno para respirar, contactos físicos limitados, vida desexualizada, dificultad de comunicación, aislamiento social, sufrimiento psíquico… El ritmo de la cotidianidad es un entretejido de interferencias, continuidades y rupturas. El territorio no es una porción de espacio, es un campo de tensiones constantemente amenazado por la oscuridad. La destrucción de las formas tradicionales de subsistencia, la caída de los salarios, la emigración forzosa, el desempleo masivo, la desmantelación de la comunidad, la pérdida de las garantías sociales, la precariedad y todas las formas que hoy adopta la expulsión del territorio, entendiendo por territorio aquel lugar al mismo tiempo material y simbólico en el que podemos vivir y hacernos fuertes, nos encierra en ese desierto caótico, hecho de ruinas de sentido, de líneas que no van a ningún lado, de fragmentos que huyen unos de otros, como después de una gran explosión que ha oscurecido el mundo. Eso es la metrópoli.

Explotación y dominio

La metrópoli abarca todo el planeta, y al mismo tiempo es ridículamente pequeña. Así, cuando una fábrica se privatiza en China y se vende a un banco comercial de Nueva York, un puesto de trabajo bien pagado se suprime en Europa. Manteniendo altas tasas de desempleo en Europa, caen los derechos sociales en la antigua URSS. Al someter un acre de tierra a los proyectos de desarrollo del Banco Mundial para “pagar la deuda”, una casa ocupada se desaloja. Guerras, estallidos y revueltas se suceden en una desesperanzada lucha de control por ganar un territorio. En África se llamará “guerra tribal” o “lucha contra el apartheid”; en los Balcanes o en Oriente Medio se considerará un “problema de nacionalidad”; en el Mediterráneo se tratará de “controlar la emigración”. Pero esta “guerra por la tierra” tiene otros muchos nombres. Para los sindicatos la defensa de su territorio se llama “reparto del trabajo”. En los multimedia, la publicidad conquista continuamente territorio apresando imágenes y eslogans producidos por lo social. En las calles del centro de la ciudad la policía controla el territorio en nombre de la “lucha contra la delincuencia o la droga”, mientras que en los suburbios las asistentas sociales hacen lo mismo en nombre de la “integración social”… Aunque por todas partes la vida está salpicada por los mismos conflictos y la misma muerte, y aunque las relaciones de producción atraviesan la vida de todos, en la metrópoli esto no basta para dar un único sentido a todas nuestras vidas. Aunque nos sentimos cómplices de aquéllos que más allá del miedo y de la esperanza ocupan edificios, abren cárceles, queman bancos o asaltan supermercados sin una alternativa preestablecida, sentimos también que estas experiencias, felices excepciones, no se pueden sumar, ni totalizar, ni reunir, pues sus protagonistas son minorías que de ninguna manera podrían convertirse en mayorías. Eso es la metrópoli.

Lo nuevo y lo viejo

La metrópoli aparece como un resultado de la lucha de clases y, a la vez, como algo completamente nuevo que corta radicalmente con el pasado. Un resultado de la lucha de clases, porque es el desenlace de un enfrentamiento en el que la clase obrera ha sido derrotada. Pero también algo completamente nuevo que, partiendo de la caída de los grandes relatos que orientaban la historia hacia un final necesariamente revolucionario, libera infinitas posibilidades de vida. Lejos de una aceptación postmoderna de “lo que hay” que justifique el “todo vale” (todo son simulacros; todo son juegos de lenguajes; todo es intercambiable…), entendemos la metrópoli como el lugar donde se impone la explotación y el dominio, y también donde se producen luchas, resistencias, enfrentamientos y fugas que van más allá, y por tanto suponen una ruptura, respecto a una determinada manera (la manera “obrera”) de enfrentarse al capital.

El proceso de producción ha salido de las fábricas. Las relaciones de poder se extienden ahora a todo el territorio, que se convierte en una gran fábrica difusa. Una red de dominio soportada por el desarrollo tecnológico (informática, robótica, telecomunicaciones…) configura una nueva sociedad de control. En las formas de dominio que se desarrollan en la metrópoli van perdiendo relevancia los espacios de encierro tradicionales: fábrica, escuela, cárcel, hospital, familia, cuartel… espacios que indudablemente ejercían un secuestro del tiempo de vida pero al mismo tiempo ofrecían un terreno claro de enfrentamiento en el que era fácil distinguir el amigo del enemigo, producían identidades que permitían levantar banderas, cobijaban, daban seguridad… Por el contrario, en la metrópoli la gestión de la gobernabilidad combina una invitación continua a la participación responsable (todos somos responsables de todo) junto con una intensificación de la dualización y exclusión social (los pobres cada vez más pobres, los ricos cada vez más ricos). Es cierto que hay explotadores y explotados. Sí. Es cierto que hay opresores y oprimidos. Sí. Pero eso no lo explica todo.

Procesos en la metrópoli

Afirmamos que la lucha de clases se ha agotado. Agotamiento de la lucha de clases significa que las relaciones de poder ni derivan por entero, ni se agotan, por tanto, en las relaciones de producción. La pérdida de la centralidad de la clase obrera y la crisis de la identidad “trabajo” son una manera de nombrar el conjunto de transformaciones que han tenido lugar en la esfera de la producción, de la política, de la cultura… Enumeremos, a modo de síntesis, algunos de los procesos abiertos por estas transformaciones:

- Pérdida de la centralidad obrera. Reducción del número de obreros de “fábrica” en el conjunto de la fuerza de trabajo, reducción del peso del trabajo en la producción de valores, cultura, comportamientos colectivos, sentido… crisis del proyecto de emancipacion social. La lucha reivindicativa, separada de un proceso emancipatorio, raya en corporativismo.

- Lo social excede la clase social y se pone como multiplicidad. En la frase de Marx “Los individuos aislados forman una clase sólo en la medida en que han de emprender una batalla común contra otra clase”, se recoge el aspecto más importante que caracteriza a las clases sociales: no se definen desde una posición económica estática sino que forman una dualidad dinámica en la que progresivamente se van construyendo como tales. Es decir, las clases sociales no preexisten a la lucha de clases, sino que es justamente a la inversa. Porque hay enfrentamiento de clase es por lo que existen las clases sociales. Las clases sociales son el efecto y el agente de la lucha de clases. Por tanto, al hablar de clases sociales no estamos haciendo sociología, sino política. Al decir que lo social excede la clase social queremos decir que desaparece el metalenguaje de la revolución, que el crecimiento del contrapoder obrero (que forzosamente debe expresarse mediante un único lenguaje) queda oscurecido detrás de una dispersión de lenguajes, que lo social se disloca internamente y se proyecta como multiplicidad, y que en tanto que multiplicidad queda liberado de un criterio político restringido.

- El Estado se hace sistema. El Estado deja de ser instrumento de clase en el sentido de la tradición marxista. Ya no representa los intereses particulares de la “burguesía”, de “todos los burgueses”. Aunque sigue siendo Estado de clase en tanto que garantiza la hegemonía del mercado y de la forma mercancía: la mercantilización de la existencia incluso en contra de los intereses particulares del algún sector del capital. El Estado asume una intervención estabilizadora del sistema. No teme los conflictos. Su tarea es reconducirlos hacia un consenso que asegure la gobernabilidad social. Para el sistema, una demanda no es más legítima por provenir de una necesidad insatisfecha, por más dolor o sufrimiento que esta necesidad insatisfecha produzca. El derecho no viene del sufrimiento ni del dolor. Vendrá en todo caso de la posibilidad de que el tratamiento de este sufrimiento haga al sistema más funcional, más robusto, menos inestable. Es contrario a la fuerza regularse según la debilidad. Sin embargo a la fuerza le es propio suscitar demandas nuevas que puedan dar lugar a la redefinción de formas de vida cada vez más funcionales, para de esta manera secuestrar la vida y ponerla al servicio del poder. Por eso, no es de extrañar que algunas intervenciones de la administración se anticipen o incluso superen con creces las demandas sociales.

- Eclipse de lo político. La democracia representativa se pone como límite y culminación del progreso político. Las medidas legislativas de excepción se justifican por exigencias de seguridad. El estado democrático debe defenderse a sí mismo. La política parlamentaria se convierte en espectáculo de la política, y ya a nadie le interesa más que como mero espectáculo. La participación en la esfera de lo político se aleja del parlamento y se reconduce hacia lo social (ONGs en lugar de partidos políticos).

- Agotamiento de lo posible. La integración social ya no se produce mediante identidades fuertes y homogeneizantes. El sistema incita a un uso del espacio y del tiempo según caminos individualizantes: cada uno “elige su propio estilo de vida” según múltiples posibilidades de elección cuyo mejor paradigma es la publicidad. Tú eliges, por tanto te autoimplicas y te haces responsable. La metrópoli tiene la forma de un supermercado en el que hay múltiples posibilidades de elección. Tras la caída de los grandes relatos, los macroproyectos colectivos han dejado de ser atrayentes. Los objetivos vitales de cada cual pertenecen al ámbito de cada cual. Cada uno se ve remitido a sí mismo, y cada uno sabe que ese sí mismo es poco. El ofrecimiento continuo de infinitas posibilidades por parte del sistema no consigue ocultar el agotamiento de lo posible. Constatamos cada día el fin del posibilismo. Lo posible: la claudicación sindical, las ingenuidades ecologistas, la organización de campañas de concienciación, las victorias “morales”… lo posible es deprimente.

- No futuro. Ausencia de futuro, vivir al día, jugar con la vida en todas sus determinaciones tanto individualistas como autodestructivas o radicales. No habrá un mañana mejor. No hay transición posible hacia un futuro mejor, en términos de globalidad.

El trabajo no es lo que era
Para completar esta reflexión sobre la metrópoli reproducimos el guión de una entrevista autorrealizada que narra el proceso de pérdida de la centralidad obrera y el paso de la sociedad-fábrica (modelo de desarrollo capitalista de los años cincuenta y sesenta) a la metrópoli (que en el estado español coincide con la transición política).

¿En qué ha cambiado lo que entendemos por trabajo asalariado desde la segunda guerra mundial hasta ahora?

Después de la segunda guerra mundial, el modelo de desarrollo capitalista cambia completamente. De una subutilización del sistema productivo que generaba un paro constante, se pasa a una situación de pleno empleo. Por otro lado, las industrias de producción de bienes de consumo (coches, electrodomésticos…) se convierten en motores del desarrollo económico. En las fábricas se introduce la división del trabajo y el trabajo en cadena, con lo que desaparecen los oficios clásicos. Se genera un consumo masivo. Se configura así un modelo de desarrollo que se ha denominado la sociedad-fábrica.

¿Cuando se habla de sociedad-fábrica, qué se quiere decir exactamente?

Lo que se quiere decir no es tanto que la sociedad entera esté organizada como una fábrica, sino que la identidad trabajo (pertenecer a la clase obrera) se constituye en el auténtico punto de referencia para comprender y transformar la realidad. El conflicto social se organiza a partir de la dualidad capital/trabajo, y a partir de esta relación se comprende la realidad. La historia, la tecnología, el arte, la cultura, la salud… todo adquiere sentido únicamente a partir de esta dualidad que se proyecta en otras muchas: mayorías/minorías, ricos/pobres, buenos/malos, alienados/conscientes.

Por eso, cuando hablamos de sociedad-fábrica, no nos referimos a una sociedad con muchas industrias o con industrias muy grandes, sino que designamos el modo específico que la relación entre el capital y el trabajo adopta en los años cincuenta y sesenta, y que extiende las relaciones de producción a todo el territorio: el barrio, la escuela, el consumo, la sanidad, el tiempo libre… todo es en función de y para la fábrica. La sociedad-fábrica se articula en torno al conflicto entre el capital y el trabajo, y por tanto sitúa a la clase obrera en el centro de las relaciones sociales.

¿Cómo es esta clase obrera que está situada en el centro de los procesos productivos de mercancías, pero tambien es productora de cultura, de valores y de proyectos de emancipación?

Esta clase obrera, el obrero masa, presenta dos caras diferentes y contradictorias: por un lado es motor del desarrollo capitalista y por el otro es negación del sistema capitalista.

Es motor del desarrollo porque la lucha salarial redunda en un mayor consumo y, por lo tanto, favorece la acumulación capitalista. Pero sobre todo es motor del desarrollo porque con sus continuas demandas salariales obliga al capital a introducir continuamente innovaciones tecnológicas. Las huelgas obreras favorecen las innovaciones científico-técnicas que finalmente culminarán con la robotización masiva de la producción y con la expulsión de la clase obrera fuera de la fábrica. La clase obrera, con su lucha, obliga al capital a ser “progresista”.

Pero la clase obrera también es negación del sistema capitalista en cuanto se pone como poder que niega el sistema y que lucha por ampliar la esfera del no trabajo. Hablamos de autonomía obrera cuando la clase obrera se pone como negación del capital. La autonomía obrera se expresa en multitud de prácticas tales como el absentismo, el sabotaje, la autorreducción, la expropiación y tambien, por supuesto, la lucha salarial.

¿Estas dos tendencias, aparecen combinadas o bien se dan por separado?

En el seno del movimiento obrero, la tendencia reformista y la tendencia autónoma se combinan y se polarizan continuamente. El nacimiento y la historia de las Comisiones Obreras, por ejemplo, es la historia de esta problemática combinación.

Sin embargo, en el estado español podemos hablar de un auténtico ciclo de luchas autónomas, especialmente durante la transición democrática. Es un simplismo afirmar que la clase obrera sólo ha luchado por aumentos salariales. Los aumentos salariales se han reivindicado y se han conquistado, pero cuando la clase obrera se ha puesto como negación del capital entonces lo que se ha producido es una lucha directa entre dos poderes. Y ha sido entonces cuando el capital ha tenido que sacar a la calle a la policía, declarar el estado de excepción y, llegado el caso, directamente matar.

¿Cuál es la respuesta del capital frente a este contrapoder obrero que se pone como negación?

La respuesta por una parte es represiva: detenidos, despedidos… Por otra parte es integradora. Utilizando a los sindicatos se establecen pactos sociales, el más emblemático de los cuales es el Pacto de la Moncloa en 1977. Se legaliza el derecho a libre afiliación sindical y huelga, lo cual es una manera de controlar estos derechos que en la práctica ya se estaban ejerciendo.

Pero la respuesta más estructural se produce a través de la introducción de nuevas tecnologías que apartan a la clase obrera de esa posición central que tenía en la sociedad-fábrica. La producción en cadena es sustituida por la automatización y la robotización, que reducen enormemente no sólo la cantidad de puestos de trabajo, sino la posibilidad de que el trabajador o trabajadora pueda sabotear el proceso de producción. Se vuelve a utilizar el paro como un mecanismo de control sobre la clase obrera, los salarios bajan, las garantías sociales se pierden. Digamos que la clase obrera es expulsada de la fábrica y por tanto el modelo de la sociedad-fábrica llega a su fin. La clase obrera ha sido derrotada.

La palabra derrota parece bastante negativa. ¿Hay algún elemento positivo en esta derrota?

Por supuesto. Se ha producido la derrota de una determinada manera de enfrentarse al capital. A partir de esta derrota se abren nuevas perspectivas para el antagonismo social. Por ejemplo: ya nadie cree en un proyecto total de transformación de la sociedad, con lo que el valor de la unidad ha sido sustituido por el de multiplicidad. Como no hay un proceso unitario de acumulación de luchas, tampoco es posible articular una representación. Esto se ve muy claro en las okupas. Puede hablarse de casas okupadas, pero no de un movimiento de okupación. No hay unidad, sino multiplicidad. De manera que ya no es posible hablar de vanguardias que “van abriendo el camino que otros deben seguir”. La militancia como sacrificio es otro de los valores que ha sido derrotado.

El fin de la sociedad-fábrica supone un cambio de escenario total. Al nuevo escenario lo llamamos la metrópoli. Igual que la sociedad-fábrica no se refiere a una sociedad con muchas fábricas, tampoco la metrópoli se refiere a una ciudad muy grande, sino al terreno en el que nos encontramos con el poder y nos resistimos a él. La principal característica de la metrópoli es la ausencia de un proceso único y central que explique la realidad y nos permita transformarla.

__________

Fuente: http://www.sindominio.net/laboratorio/documentos/varios/metropol.htm

Derecho Al transporte y renta de ciudadanía

Publicado en Politica el 14 noviembre, 2010 por fakyu69

Collectif Sans Ticket (Bruselas)

A partir del uso del “libre desplazamiento” como práctica de desobediencia civil cotidiana hemos comenzado a producir un saber experto alternativo en el ámbito de la movilidad. La especificidad de la lucha de los Colectivos Sin Tiket en torno a la cuestión del libre acceso reside en el hecho de que conjuga dos series de problemas que, desde nuestro punto de vista, son indisociables: el medio ambiente y la ordenación del territorio, por un lado, y la movilidad territorial y la renta en una economía basada cada vez más en los recursos inmateriales de la población, por el otro.

1.Contexto de emergencia de una lucha y práctica del derecho al transporte

A.Algunos elementos contextuales

El nacimiento del Colectivo Sin Ticket (CST) se remonta a mayo de 1998 y, en Bélgica, encuentra su origen en el cruce de una doble dinámica. La primera de esats dinámicas provenía de Francia, bajo la forma del “movimiento de parados” en marcha desde 1994. Por medio de sus componentes más innovadores, este movimiento marca dos rupturas. Una ruptura de contenido con respecto a los aparatos sindicales y el pleno empleo como consigna irrenunciable, a la cual nosotros oponíamos la reivindicación de una renta de ciudadanía. Por otro lado, una ruptura con respecto a las formas de contestación por medio de la ocupación intempestiva de espacios, acciones de desobediencia civil llevabas a cabo por esta alegre impertinencia ligada a la emergencia de una palabra minoritaria.

La segunda de las dinámicas, proveniente de España e Italia, nos condujo, desde febrero de 1998, a un proyecto múltiple, traducido, entre otras cosas, en la ocupación de un edificio abandonado en Bruselas. Se trataba de abrir, entre una treintena de personas, en este pequeño pedazo de territorio reapropiado, un laboratorio de experimentación social y de transformar en lugar de vida y de organización espacios abandonados desde hacía varios años a la especulación inmobiliaria. Este acto de reapropiación inauguraba así el Centro Social del Collectif Sans Nom [1].

El principal desafío que se nos ha presentado a través de estas dinámicas -y que nosotros hemos hecho nuestro- lo denominamos reapropiación de los medios de existencia (espacio, renta, tiempo, capacidad de desplazamiento, etc.). Esto significa tratar de construir respuestas concretas y entusiasmantes a nuestras necesidades colectivas. Y hacerlo sabiendo que no se trata de hacer tabula rasa sino de inscribirlas en un entorno donde estas prácticas cooperativas deben encontrar expresiones políticas.

B.Nacimiento de una práctica

Es en este contexto de emulación donde la voluntad y la necesidad de reencontrarse y organizarse entre parados, así como de poner en práctica esta transversalidad a construir entre diferentes luchas específicas (sin papeles, agricultura alternativa, software libre, etc.) nos condujo a desplazarnos de manera cada vez más frecuente, tanto sobre el territorio belga como sobre el europeo, con unos gastos de transporte insostenibles. Esta situación nos ha recordado una evidencia: las tarifas practicadas por las sociedades de transporte son un obstáculo mayor a la posibilidad de ponerse en contacto para todos aquellos que tienen la necesidad o el deseo de hacerlo pero no cuentan con los medios. De forma más general, la posibilidad de “hacer red”, de suscitar y desarrollar redes múltiples y creadoras de formas inéditas de cooperación se encuentra condicionada por las posibilidades concretas de ir y venir que nos son o no ofertadas.

Partiendo de esta constatación, nos hemos agrupado en torno a una voluntad de intervención directa ligada al mismo tiempo a nuestras condiciones materiales de existencia (como trabajadores precarios, parados, beneficiarios de prestaciones sociales, estudiantes, etc.) y atravesada por el proyecto de transportes de servicio público, es decir, accesibles a todos, independientemente del estatuto y de las rentas. Con este objetivo, hemos adoptado el dispositivo de la Tarjeta de Derecho al Transporte. Este trozo de cartón, que recoge la dirección y la foto de su titular, es presentado al personal de las sociedades de transporte en el momento de cualquier control de billetes. Este objeto político nómada actúa como un interfaz que retoma nuestras reivindicaciones de libre acceso en medio de una relación balizada por un reglamento comercial y disciplinario, pero donde lo que prima para nosotros es la puesta en juego de la subjetividad de los actores, la capacidad tanto del usuario como del agente de control de emitir un juicio a partir de la singularidad de las circunstancias y de tomar riesgos con respecto a las normas supuestamente a aplicar automáticamente. La Tarjeta de Derecho al Transporte realiza la función, según los casos, de sustituto o de acompañamiento del título de transporte válido [2].

A partir del uso del “libre desplazamiento” como práctica de desobediencia civil cotidiana hemos comenzado a producir un saber experto alternativo en el ámbito de la movilidad. La especificidad de la lucha de los CST en torno a la cuestión del libre acceso reside en el hecho de que conjuga dos series de problemas que, desde nuestro punto de vista, son indisociables: el medio ambiente y la ordenación del territorio, por un lado, y la movilidad territorial y la renta en una economía basada cada vez más en los recursos inmateriales de la población, por el otro. Mantener juntas estas dos series significaba para nosotros que la intervención sobre la cuestión del libre acceso y lo que en ella está en juego, aún cuando fuera en un primer momento una iniciativa de un “colectivo de parados”, no podría encontrar una solución satisfactoria en un arreglo categorial o humanitario de la situación, sino únicamente mediante un acontecimiento cultural que forzase a repensar los contornos y los términos mismos del conjunto de problemas puestos sobre el tapete. Lo cual nos conduce a problematizar la cuestión del acceso a los equipamientos colectivos, enfatizando la gratuidad generalizada como una forma de renta de ciudadanía colectiva. Esta aproximación tiene el interés de reabrir el debate sobre los servicios públicos de transporte, evitando el escollo de la postura defensiva.

En un primer momento abordaremos dos de los aspectos importantes del campo concernido: los desafíos medioambientales y de la ordenación del territorio. El concepto de “periferia del trabajo asalariado” [banlieu du travail salarié] nos servirá posteriormente como baliza para entrar en contacto con una exigencia creciente, la de la renta de ciudadanía. Abordaremos posteriormente las lógicas de la redistribución que subyacen a las políticas tarifarias en vigor, tratando de aclararla por medio de la pregunta: “¿quién paga hoy por desplazarse en los transportes públicos?”. Terminaremos con una hipótesis relativamente estimulante para la aprehensión de lo dispositivos de control de acceso tarifado a los medios de desplazamiento, hipótesis que podría ser fomulada del siguiente modo: “el colarse va primero”.

2.Medio ambiente y ordenación del territorio

La urgencia del problema se ha convertido desgraciadamente en algo evidente. El estrangulamiento de las ciudades y de sus accesos por los vehículos y los camiones, la destrucción de un campo atravesado de autopistas, alcanza hoy un umbral tal que son muchos los expertos que están dando la señal de alarma. Dos de los principales elementos que han conducido a esta situación comienzan a ser cuestionados radicalmente a diferentes niveles por toda una serie de actores.

En primer lugar, la política de todo para el coche. Hoy por hoy, en grandes aglomeraciones como Bruselas o París, se estima que el 25 % del espacio es ocupado cotidianamente por los vehículos, ya sea en circulación o estacionados. Lo cual, dicho sea de paso, contribuye generalmente a volver en gran medida inoperante a un transporte público atrapado en atascos recurrentes que, sin espacio propio, se encuentra aún más desarmado para hacerlos frente [3]. Esta densidad de la colonización del espacio público afecta a todos los compartimentos de la vida urbana y hace de las futuras elecciones relativas a la movilidad una cuestión de ecología no sólo medioambiental, sino también social y mental.

Por otro lado, en Bélgica, las Federaciones de defensa del medio ambiente señalaban en un informe reciente que “el sistema de precios actual (practicado por las sociedades de transporte público) potencia en gran medida el uso del coche” [4]. No contento con ser el medio de transporte más costoso y el que registra mayor índice de mortalidad, el transporte por carretera de personas y mercancías dispara por las nubes los costes externos. Un estudio realizado en 1998 [5] cifraba estos costes en 613,4 billones de euros en Europe del Oeste tan sólo durante el año 1995, es decir, el equivalente al 10% del PIB de los 17 Estados concernidos, los costes generados por el transporte por carretera privado eran estimados en 17,4 billones de euros.

Si la instauración de barreras económicas a la entrada de vehículos no puede evidentemente solucionar todos los problemas medioambientales generados por los vehículos y los camiones [6], son numerosas las pistas que existen y que las autoridades tardan en poner en marcha. Disuadir del empleo de los medios de locomoción privados por medio de incentivos negativos, a través de una internalización progresiva del coste efectivo de su uso, mediante la instalación de obstáculos a su fluidez o a su accesibilidad al todo el territorio [7] constituyen otros tantos dispositivos necesarios. De manera más positiva, incitar a la transferencia modal por medio de la reconstrucción de servicios de proximidad [8], por medio de la creación de parkings disuatorios, mejorando las posibilidades de la intermodalidad (acceso de bicicletas a los transportes públicos, mejora de las correspondencias, etc), buscando la calidad del transporte público (fluidez, confort, puntualidad, etc), desplegando nuevamente los servicios (reapertura de estaciones, extensión de franjas horarias), (re)invirtiendo en las condiciones de trabajo del personal, en el mantenimiento y en la seguridad de la infraestructura y del material de circulación, he aquí otros otros muchos dispositivos suplementarios a los que aspiramos igualmente en tanto que usuarios.

3.Periferia del trabajo asalariado y renta de ciudadanía

Las profundas transformaciones que atraviesan a nuestras sociedades postfordistas ya han sido ampliamente analizadas y comentadas en estas páginas. Se expresan por medio del encadenamiento de una serie de crisis estrechamente ligadas entre sí: crisis del trabajo asalariado canónico en tanto que polo de subjetivación dominante y centro del tiempo social, crisis de la ley del valor debido a la evolución paradigmática de la naturaleza de la fuerza de trabajo y de los modos de orgnización de la producción, crisis de la gobernabilidad y del welfare. El obrero masa, como figura central de la producción capitalista fordista deja paso progresivamente a una multitud de subjetividades socialmente productivas. Paralelamente a estos nuevos agenciamientos productivos se dibuja un nuevo espacio social y cultural que nosotros denominamos Periferia del Trabajo Asalariado (BTS) [Banlieu du Travail Salarié] [9].

Fuera de las avenidas del trabajo asalariado y de las trayectorias sociales predeterminadas circula un número creciente de individuos para quienes el trabajo asalariado no ocupa una función central en su vida. Este nuevo campo social en variación continua se caracteriza por esquemas temporales distintos de aquellos que prevalecen en el centro socioeconómicamente integrador, por nuevos ritmos de vida singulares. Si bien la BTS se encuentra estructurada por nuevas formas de constricciones, muestra también nuevas formas de autonomía y señala, desde nuestro punto de vista, el lugar privilegiado para el desarrollo de sociabilidades y producciones en red. Las prácticas que allí se estabilizan son otros tantos dispositivos operantes para los individuos y las colectividades comprometidas en la construcción de relaciones innovadoras de existencia, que ponen el énfasis en la cuestión de las diferentes formas de renta ciudadana ya existentes y por venir.

Esquemáticamente, la cartografía de la BTS tejida por los itinerarios de quienes la habitan (parados, trabajadores precarios de diferentes estatutos, estudiantes, intermitentes…) se extiende de su centro a sus fronteras en función de las relaciones vividas en relación a las instituciones y al “buscarse la vida”. En las fronteras de la BTS se polarizan aquellos para quienes el trabajo asalariado constituye aún una identidad, un estatuto social y que adaptan sus estrategias en función de dicha identidad para tratar de mantener la cabeza fuera del agua allí donde el no-trabajo es aún vivido como una desgracia.

El centro de la BTS se encuentra constituido por aquellos para quienes el paro no es ya sinónimo de búsqueda de una reinserción a cualquier precio vía el modelo oficial, sino que se convierte en un espacio de socialización en cuanto tal. Estos moradores de la periferia de los que nosotros mismos formamos parte mantienen relaciones más flexibles con el trabajo asalariado, marcadas regularmente por el evitamiento y/o la huida. En torno a esta segunda figura, donde el paro no es ya vivido como un paréntesis sino que se convierte en un tiempo de realización prolongada, cuando no permanente, se esboza ante nuestros ojos un movimiento de fondo, un querer vivir social que hace del atravesamiento de esta periferia no sólo la expresión de una sucesión de acontecimientos probables debidamente seriados y ordenados, sino también una creación social abierta al encuentro, a la ocasión, a la interacción. Es a partir de esta inversión del valor de uso de diversos dispositivos de prestación social que nosotros consideramos lo que podría ser una renta de ciudadanía.

En efecto, el centro de la BTS es construido por los nuevos modos de existencia de los habituales de la periferia quienes, con ocasión o como prueba de esta mutación de las formas de trabajo, descubren el atractivo y el interés del “tiempo en sí/tiempo para sí” y la capacidad de producir “en otro lugar y de otro modo”, individual o colectivamente, en procesos de cooperación, de resistencia, de autonomía y de valorización social. Para muchos de entre nosotros, el desafío consiste en desarrollar estrategias de obtención de medios de producción y, al mismo tiempo, de obtención de rentas, directas o indirectas, que permitan escapar tanto de una reinserción forzada como de las condiciones de subsistencia precarias ligadas a las prestaciones sociales. Hoy, numerosos beneficiarios de las prestaciones sociales a través de Europa transforman en acto, aquí y ahora, de manera irreversible el sentido de su administración mediante la forma misma en la que viven y producen su existencia a partir de estas situaciones.

En un contexto en el que no existe ya unidad funcional del paro en relación al trabajo asalariado, desde el punto de vista de quienes viven estas situaciones, la renta de ciudadanía, individual e incondicional, es decir, desgajada de toda subordinación al mercado del empleo y a sus nuevas formas de remuneración del trabajo, se convierte en un cuestión motriz. Se entienden así las múltiples estrategias para esquivar la norma tarifaria, vivida como una forma de renta indirecta y cuestionamiento de la accesibilidad a los equipamientos colectivos. La lucha por un transporte de servicio público de libre acceso constituye para nosotros una de las figuras y uno de los campos de trabajo connexos a esta renta de ciudadanía, que denominamos renta de ciudadanía colectiva. La cuestión de una movilidad fluida, no normada, no sujeta a ritmos y constricciones de producción exteriores, y que sea social y financieramente accesible, toma tanta más importancia por el hecho de que el acceso o no a los transportes públicos, al net material, condiciona prácticamente el ejercicio de la puesta en red de los saberes y de los saberes-hacer, de los potenciales de cooperación, de las energías creadoras, de las informaciones producidas.

4.Situación actual: un esfuerzo más…

Nos parece interesante analizar cómo ha evolucionado la situación a lo largo de los 5 ó 6 últimos años. Ésta nos muestra un campo de trabajo atravesado al menos por dos brechas. En primer lugar, las reivindicaciones de acceso gratuito a los transportes en común, vueltas a situar sobre la plaza pública por medio de numerosas acciones no violentas impulsadas por el movimiento de parados en algunas ciudades francesas y belgas, han contaminado hoy un territorio más amplio. Cabe citar al Réseau pour l’Abolition des Transports Payants [Red por la abolición de los transportes de pago] de París [10], Transports Gratuits Vite (TGV) [Transportes Gratuitos Rápido] de Nantes [11] Exactamente lo mismo: TGV es el acrónimo de Train à Grande Vitesse, tren de alta velocidad (AVE) (N. del T.), el Collectif Sans Ticket de Marsella, grupos e iniciativas similares en Lyon, Rennes, St. Etienne, Montpellier, Le Havre, etc. Esta lucha se manifiesta igualmente en Alemania, Polonia, Italia. La cuestión de la negativa a pagar se ha convertido en política desde 1995 y no podrá ser ya eliminada o evitada. Frente a esta emulación, los poderes públicos se posicionan simultaneamente de dos maneras diferentes. Por un lado, mediante una multiplicación inédita de reordenaciones bajo forma de medidas de abatimiento o reducción de tarifas en función de diferentes criterios. Por otro lado, vía una vertiente represiva inscrita en una escalada de las lógicas securitarias que evidencia, desde nuestro punto de vista, el devenir ilegítimo e impracticable de la política tarifaria misma.

¿Qué ocurre concretamente con las lógicas de redistribución en vigor hoy por hoy? O por decirlo de otro modo ¿cuáles son las formas de la renta de ciudadanía colectiva existentes de hecho a través de las diferentes fórmulas de reducción tarifaria?

Señalemos, en primer lugar, que el conjunto de los transportes públicos en Bélgica como en Francia (trenes, tranvías, autobuses y metro) obtiene, grosso modo, el 75% de sus recursos de las finanzas públicas (Estado, Regiones y Ciudades), en el marco de los contratos de gestión o de los contratos de plan concretados con sociedades de transporte “de estatuto público o mixto” pero “con gestión autónoma”. No constituye un secreto para nadie que sin esta intervención masiva de los poderes públicos, no sólo el precio de los billetes sería prohibitivo, sino que además, la existencia misma de estos servicios sería sencillamente impensable. La historia de los ferrocarriles desde su nacimiento es, desde este punto de vista, muy esclarecedora: el empresariado privado es incapaz de mantener en vida semejantes infraestructuras. Los desengaños británicos en la materia constituyen el ejemplo más reciente.

Por lo tanto, únicamente el 25% de los recursos financieros de estas sociedades provienen principalmente [12] de la venta de billetes y de los abonos [13]La totalidad de los ingresos comerciales de las 4 compañías de transporte en Bélgica se elavaba en 1999 a 620 millones de euros, es decir, menos de 4 euros/mes/habitante.. Ahora bien, en espacio de dos o tres años hemos visto florecer sobre el territorio belga dispositivos de reducción tarifaria que establecen una gratuidad total o parcial para un buen número de viajeros. En este conjunto, a menudo complejo, de reducciones hemos podido distinguir cinco tipos de lógicas:

- i)Reducciones para ciertas categorías socioprofesionales: estas conciernen al personal de las sociedades de transporte y sus familias, a los representantes políticos (gratuidad total), a los periodistas acreditados, a las fuerzas del orden y a los funcionarios federales. Agreguemos a esto la intervención patronal, de un mínimo del 60%, obtenida por los asalariados en el marco de los convenios colectivos de trabajo, así como la posibilidad de deducción fiscal para los independientes;
- ii)Reducciones para ciertas franjas de edad, principalmente los menores de 12 ó 25 años y los mayores de 65 años, existiendo ciertas restricciones horarias;
- iii)Diversos sistemas de abonos o compras de billetes “multi-viajes”
- iv)Gratuidad total en ciertas zonas urbanas circunscritas (Mons, Hasselt. Lieja…)
- v)Reducciones parsimoniosas para ciertas categorías de “pobres”, con un control social creciente y dispositivos de distribución más o menos humillantes.

Si cada anuncio de una nueva medida en la materia nos alegra, en la medida en que constituye para nosotros el indicador de un movimiento que terminará tarde o temprano por desembocar en el libre acceso para todos a los transportes públicos, no podemos dejar de interrogarnos sobre la coherencia redistributiva de tales reducciones. En efecto, ninguna de ellas se articula en función de la renta, salvo de forma indirecta: para algunos parados o beneficiarios de prestaciones sociales. Dicho de otro modo, suponen un desfase absoluto con respecto a la realidad del mercado de trabajo, hecha a base de estatutos híbridos y fluctuantes, a menudo mal pagados (workingpoors).

Junto a estas formas disparatadas de redistribución, casi únicamente los habituales de la periferia del trabajo asalariado deben pagar el precio completo para viajar o “elegir” entre desplazarse o pagar, por ejemplo, una factura de gas. Frente a esta alternativa miserabilista, son muchos y muchas quienes deciden salirse de esta “elección”, de circular pese a todo y de jugársela con respecto a la ley. En torno a esta forma de movilidad mayoritariamente muda se construye prácticamente una apropiación directa de sus capacidades propias de desplazamiento y se inventa mediante el uso de una multitud de técnicas y de saberes menores que permiten, según los casos, escapar al dominio del control o desarrollar cooperaciones sociales para eliminarlo.

Este movimiento se expresa a través de ciertas cifras: “146.000 personas que se cuelan en los ferrocarriles belgas” titulaba un periódico el año pasado. En Lyon, la tasa de fraude oficial supera el 20%. Se comprende mejor que los gestores de las empresas públicas de transporte se inquieten de algún modo y pongan en pie campañas publicitarias para “luchar contra el fraude”. Una serie de argumentos que piden socorro: argumentos sociológicos -”el fraude supone la pérdida del vínculo social”-, criminológicos -”el fraude es uno de los factores de inseguridad”-, o psicológicos -”lo que no se paga no se respeta”. Por otro lado, se ha dado un paso adelante: en Londres, los usuarios han sido sometidos a un llamamiento explícito a denunciar a los incívicos defraudadores. Pero para que este tipo de verborrea o de llamamientos al orden provoque un cambio concreto en las prácticas de los usuarios, los operadores del transporte deben acoplarlos a dispositivos físicos destinados a filtrar el buen del mal pagador: barreras de acceso, atribución a los conductores de una función de verificación de billetes, puesta en marcha de equipos móviles de control de los títulos de transporte. Una tendencia más reciente reinstaura equipos de control del acceso a los andenes, limitado únicamente a los pasajeros provistos de billete.

El arsenal jurídico adoptado en Francia tras la estala del 11 de septiembre, la “ley de seguridad cotidinana” (LSQ), contiene por su parte una respuesta legislativa al uso impagado, masivo aunque a menudo “mudo”, de los servicios de transporte. Las enmiendas 43 y 44 del artículo 14 bis y ter del Código Penal, que introducen una penalización financiera de 7500 euros y penas de prisión firme de 6 meses para toda persona amonestada en diez ocasiones a lo largo del periodo de un año, apuestan por el miedo con intención de disuadir a un cierto número de defraudadores amenazándoles con perseguir sus actos.

¿Se encuentra el derecho belga, que hasta aquí no ha conocido un equivalente a la LSQ, mejor preparado para combatir el incivismo de los defraudadores que el derecho francés anterior al 11-S? El Decreto Real sobre transporte de personas por ferrocarril invocado para llevar ante los tribunales a los usuarios del Colectivo Sin Ticket data sin embargo de 1895.

Ha sido vuelto a usar una vez más, el 18 de enero de 2002, durante el recurso de 17 usuarios regulares de la Tarjeta de Derecho al Transporte sobre la red de la SNCB (Société Nationale des Chemins de fer belges) [Sociedad Nacional de Ferrocarriles Belgas]. Si la audiencia del 7 de diciembre de 2001 había ofrecido al CST la primera ocasión para exponer en una sala de audiencias los pormenores de un proceder que sus participantes sabían iban a deber prolongar antes o después, la sentencia emitida no deja ninguna ambigüedad acerca de la potencia imaginativa del Tribunal Correcional. Privilegiando una aplicación mecánica del Código Penal, su decisión confirma las condenas pronunciadas en primera instancia, a saber, una multa de entre 200 y 500 euros por cada hecho o una pena sustitutiva de 8 días de prisión (en caso de impago), estando las sanciones totales limitadas a las “tarifas” exigibles por tres infracciones -1500 euros o 24 días de prisión.

En estos momentos, aún no nos ha sido comunicada una versión escrita del fallo, si bien los motivos leídos durante la audiencia del día 18 comportaban consideraciones tales como “la gratuidad es contraria a la esencia misma del comercio”, o incluso, una comparación del desplazamiento en tren sin ticket con el comportamiento de un automovilista que llenara su depósito sin pagar la gasolina. ¿Es necesario precisar que una decisión judicial de este tipo nos conviene muy poco? Los abogados del CST orientan su mirada cada vez más hacia la Corte Europea de Luxemburgo. Aquí también, habrá que esperar el desarrollo de los acontecimientos…

En conclusión, aunque ciertas autoridades públicas tratan de cerrar los debates entreabiertos, la multiplicación de intervenciones en el espacio público, comienzan a cambiar la situación. La importancia de medidas significativas en términos de reducciones tarifarias, la urgencia ecológica de una inversión de prioridades, el desafío de un servicio público abandonado a la ruina por sus propios gestores, a las puertas de una privatización que se nos presenta como irreversible, la persistencia, cuando no aumento, de las formas de apropiación individuales y colectivas de renta… Estas cuestiones y fenómenos obligan a pensar que una acción política desarrollada sin pretensión de exterioridad tiene pocas posibilidades de desembocar sobre transformaciones de los campos que atraviesa. CST Enero de 2002.

Aparecido en Derive Approdi, nº22, noviembre 2002. Traducción del francés:Alberto Riesco.

[1] Colectivo Sin Nombre] (o “cents noms” [cien nombres])[En francés, sans (sin) y cent (cien) se pronuncian prácticamente igual, de ahí la posibilidad de un juego de palabras irreproducible en castellano (N. del T.)

[2] Para acceder a una información más detallada del uso de esta tarjeta remitimos al lector a la primera parte del libro publicado por el Colectivo Sin Ticket: Le Livre-accès, Ed. du Cerisier, noviembre de 2001.

[3] Basándose en datos de 1999, dos investigadores han constatado que “(…) la influencia de la circulación automovilística en Bruselas es tal que impone a la Société des Transports Intercommunaux de Bruxelles (STIB) [Empresa Municipal de Transportes de Bruselas] poseer un parque de vehículos cerca del 32% mayor del necesario”. F. Dobruszkes e Y. Fourneau, Transport Public International, 2/2001, p. 29.

[4] Extracto procedente del Memorandum “Transport-environnement” entregado en Lovaina (Bélgica) a los Ministros de Transporte y Medio Ambiente europeos con motivo de su Consejo informal de los días 14 y 15 de septiembre de 2001.

[5] Según este estudio, “External cost of transport: accident, environmental and congestion cost of transport in Western Europe”, realizado por el INFRAS (Zürich) y el IWW (Karlruhe) y considerado por la Agencia Europea de Medio Ambiente como uno de los mejores realizados a este propósito, el ferrocarril tendría un coste social de 10,3 billones de euros, es decir, 60 veces menos que el transporte por carretera.

[6] A modo (extremadamente) indicativo, en Hasselt, ciudad cuyas autoridades han optado desde 1997 por el acceso gratuito generalizado, la transferencia modal obtenida en un año del coche al autobús ha sido del 15%.

[7] Nos referimos aquí entre otros a la extensión de zonas peatonales en las ciudades o a las obligaciones de rodear ciertas zonas rurales habitadas o protegidas.

[8] En Bélgica, a lo largo de los últimos 20 años, el número de oficinas de correos, de infraestructuras hospitalarias y de escuelas ha disminuido en más de un 40%.

[9] Concepto forjado en P. Greel y A. Wery, Héros obscurs de la précarité. Récits de pratiques et strategies de connaissance, L’Harmattan, París, 1993.

[10] Nótese que RAPT es precisamente el acrónimo de Régie Autonome de Transports Parisiens, que es la empresa pública autónoma de transportes parisinos (N. del T.)

[12] Una parte de los ingresos propios provienen, en efecto, del alquiler de espacios publicitarios y de locales comerciales, del alquiler de vehículos, etc.

Fuente :http://caosmosis.acracia.net

Discharge , D-BEAT Anarquista

Publicado en Music el 13 noviembre, 2010 por fakyu69

Discharge es una influyente banda de hardcore punk de origen inglés. Su música fue crucial para el desarrollo del hardcore inglés, más conocido como UK82, el thrash metal, el crust punk, el grindcore y varios subgéneros del metal extremo.
Discharge se formó en 1977 con una alineación original que incluía a Terry ‘Tez’ Roberts las voces, Tony ‘Bones’ Roberts en guitarra, Roy ‘Rainy’ Wainwright también a la guitarra, Nigel Bamford en bajo y Akko a la batería. Al poco pasar, Nigel Bamford dejó el grupo, y Rainy se encargó del bajo. Esta formación sonaba muy similar a los Sex Pistols, pero sólo registró un demo. La formación y el sonido cambiaron en 1979. Entonces pasó a ser: Kelvin ‘Cal’ Morris en vocal, Bones en la guitarra, Rainy en bajo y Tez en la batería. A esta muchos consideran como la formación “clásica” de Discharge.
El pesado, retorcido, y demoledor sonido de la guitarra y los anti-melódicos gritos y chillidos del vocalista de esta nueva alineación llevaron a la banda a ser conocida como una de las principales influencias de lo que sería el thrash. Sus canciones giraban en torno al anarquismo, libertad y pacifismo y sus temas trataban de mostrar las terribles consecuencias de la guerra nuclear y la enferma sociedad consumida por el capitalismo.
El enfoque lírico también ayudó a agregarle poder a la crudeza de su temática. A menudo, el sonido de las canciones de Discharge consistían en mensajes con un repetitivo tono agresivo y gutural que buscaba expresar con fuerza lo que querían decir. Quizás uno de los ejemplos más claros de esta idea lo podemos encontrar en la letra de la canción “Free Speech for the Dumb” (Libertad de expresión para el mudo) que no hace más que repetir el mismo título de la canción misma. Lo que también fue importante para la expresión política y social de la banda fue el tema artístico que usaron en sus álbumes, donde se representaba la crudeza de la guerra utilizando un iconónico blanco y negro en alto contraste en las fotografías.
En 1980, Discharge firmó con Clay Records, publicando el single “Realities of War,” que apareció en los charts independientes de Reino Unido. Después de que ese mismo año se publicase el EP, Discharge pasó por varios cambios de formación. El baterista Tezz se fue para ser remplazado por Dave “Bambi” Ellesmere (antiguo The Insane) antes de que se grabase “Why”. En 1982, Discharge publicó un larga duración titulado Hear Nothing, See Nothing, Say Nothing, que llegó a aparecer en los charts de ventas.
Para el EP “Never Again”, Discharge sufrió un nuevo cambio de formación. Gary Maloney de Varukers sería quien ocupase el sillin de baterista esta vez. Bones se marchó antes de Warning…, que fue cuándo Discharge empezó a verse más influenciado por el heavy metal. En 1985, con la publicación de Ignorance volvieron a cambiar de formación. Entonces la banda fue acercándoce a un sonido cada vez más y más metálico. Su siguiente álbum de larga duración, Grave New World, mostraba incluso ramalazos glam metal debido a los falsetes de la voz del vocalista Kelvin “Cal” Morris. Sin embargo, para el año 2002 la formación clásica se reunió para la publicación del disco Discharge.
Ese mismo 2002, Hear Nothing See Nothing Say Nothing fue elegido como el álbum número uno de punk rock de todos los tiempos, en una encuesta hecha por la revista
El estilo de Discharge se llamó D-beat, un estilo de punk rápido, precursor o paralelo a la aparición del hardcore punk, e influencia básica para el estilo crustcore. Durante y después de la trayectoria de Discharge imitarles se volvió sorprendentemente popular. Si bien Discharge asumió como propio el sonido bautizado como D-beat, ellos no son los inventores principales de lo que después conformaría el hardcore punk. Se puede escuchar algo muy parecido en grabaciones anteriores a la banda, como por ejemplo, “You Tear Me Up” de Another Music in a Different Kitchen, el disco debut de Buzzcocks, y el sonido hardcore ya se puede ecnontrar en el EP Out of vogue de Middle Class, previo a las fechas oficiales de aparición del hardcore punk.
Muchas de las bandas que siguieron el estilo de Discharge, principalmente Suecas, empezaron sus nombres usando el prefijo “Dis-”. Además usaban “Dis-” en las palabras que realmente comenzaban con “Des-” a modo de parodia. Por citar algunas de estas bandas, tenemos a Disfear, Disclose, Discard, Disarm, Dissucks, y Distraught. Las bandas que siguieron esta tendencia en sus nombres además copiaron el estilo tipográfico del logo de Discharge, con letras grandes y blancas, para los suyos.

Ai Ferri Corti

Publicado en Politica el 31 octubre, 2010 por fakyu69

Podemos traducirlo “En duelo a muerte con lo existente, sus defensores y sus falsos críticos”, no sin hacer ciertas aclaraciones semánticas que pueden ser de utilidad para entender esta locución tan interesante como difícil de traducir. La expresión “ai ferri corti con…” se usa para caracterizar un punto de no retorno, de ruptura inminente y violenta de una relación con algo/alguien. “Ferri corti” se usa para hablar de las armas blancas (podría ser “dagas” o “puñales” ) que constituían el último estadio de un típico duelo de los siglos pasados, la lucha con armas cortas, que se desarrollaba cuerpo a cuerpo y donde tenía especial importancia la destreza y rapidez de los contendientes, que luchaban para defender una cierta forma de honor. Todos estos núcleos forman parte de la constelación semántica de esta bella expresión.

I

“Cada uno puede terminar de regocijarse en la esclavitud de aquello que no conoce y, rechazando la turba de palabras vacías, entablar un duelo cuerpo a cuerpo con la vida.” C. Michelstaedter

La vida no es más que una búsqueda continua de algo a lo que aferrarse. Uno se levanta a la mañana para reencontrarse, un par de horas más tarde, de nuevo en la cama, tristes péndulos oscilando entre el vacío de deseos y el cansancio. El tiempo pasa, y nos gobierna con un aguijón que se va haciendo cada vez menos fastidioso. Las obligaciones sociales son un fardo que no parece doblegar nuestras espaldas porque lo llevamos con nosotros a donde sea. Obedecemos sin siquiera hacer el esfuerzo de decir que sí. La muerte se descuenta viviendo, escribía el poeta desde otra trinchera. Podemos vivir sin pasión y sin dueños, he aquí la gran libertad que esta sociedad nos ofrece. Podemos hablar sin frenos, en particular de aquello que no conocemos. Podemos expresar todas las opiniones del mundo, aún las más arriesgadas, y desaparecer detrás de sus sonidos. Podemos votar al candidato que preferimos, reclamando a cambio el derecho de lamentarnos. Podemos cambiar de canal en cualquier instante, toda vez que nos parezca que nos estamos volviendo dogmáticos. Podemos divertirnos en horas fijas y atravesar a velocidades siempre mayores ambientes tristemente idénticos. Podemos aparecer como jóvenes testarudos, antes de recibir helados golpes de sentido común. Podemos casarnos todas las veces que queramos, así de sagrado es el matrimonio. Podemos ocuparnos de infinidad de cosas útiles y, si no sabemos escribir, podemos convertirnos en periodistas. Podemos hacer política de mil modos, aun hablando de guerrillas exóticas. Tanto en la carrera como en los afectos, podemos ser excelsos en la obediencia, si es que no llegamos a mandar. También a fuerza de obediencia nos podemos convertir en mártires, y esta sociedad, en desmedro de las apariencias, todavía tiene tanta necesidad de héroes. Nuestra estupidez no parecerá por cierto más grande que la de los demás. Si no sabemos decidirnos, no importa, dejamos que elijan los otros. Luego tomaremos posición, como se dice en la jerga de la política y del espectáculo. Las justificaciones nunca faltan, sobre todo en un mundo de tan buena boca. En esta gran feria de roles cada uno de nosotros tiene un aliado fiel: el dinero. Democrático por excelencia, éste no mira a nadie a la cara. Gozando de su compañía no existe mercancía ni servicio alguno que no nos sean debidos. Quienquiera que sea su portador, ambiciona con la fuerza de una sociedad entera. Es cierto, este aliado nunca es suficiente y, sobre todo, nunca se da a todas las personas. Pero la suya es una jerarquía especial, que unifica en los valores aquello que es opuesto en las condiciones de vida. Cuando se lo posee, se tienen todas las razones. Cuando falta, se tienen no pocos atenuantes. Con un poco de ejercicio, podremos transcurrir días enteros sin una sola idea. Los ritmos cotidianos piensan en nuestro lugar. Del trabajo al “tiempo libre” , todo se desarrolla en la continuidad de la supervivencia. Tenemos siempre algo de que agarrarnos. En el fondo, la más estupefaciente característica de la sociedad actual es la de hacer convivir las “comodidades cotidianas” con una catástrofe al alcance de la mano. Junto a la administración tecnológica de lo existente, la economía progresa en la incontrolabilidad más irresponsable. Se pasa de las diversiones a las masacres de masa con la disciplinada inconciencia de gestos calculados. La compra-venta de muerte se extiende a todo el tiempo y a todo el espacio. El riesgo y el esfuerzo audaz no existen más; sólo existen la seguridad o el desastre, la rutina o la ruina. Salvados o hundidos. Vivos, jamás. Con un poco de práctica, podremos recorrer la calle de casa a la escuela, de la oficina al supermercado, del banco a la discoteca, con los ojos cerrados. Estamos realizando debidamente el proverbio de aquel viejo sabio griego: “también los que duermen rigen el orden del mundo”. Ha llegado la hora de romper con este nosotros, reflejo de la única comunidad actual, la de la autoridad y la mercancía. Una parte de esta sociedad tiene absoluto interés en que el orden siga reinando; la otra, en que todo se derrumbe lo más rápido posible. Decidir de qué parte estar es el primer paso. Pero por todos lados están los resignados, verdadera base del acuerdo entre las partes, los mejoradores de lo existente y sus falsos críticos. En todos lados, también en nuestra vida, que es el auténtico lugar de la guerra social, en nuestros deseos, en nuestra determinación así como en nuestros pequeñas, cotidianas sumisiones. Contra todo esto hay que acudir a las armas cortas , para sostener finalmente un duelo a muerte con la vida.

II

“Las cosas que es necesario haberlas aprendido para hacerlas, es haciéndolas que se las aprende.”
Aristóteles

El secreto es comenzar enserio. La organización social actual no sólo retrasa, sino que impide y corrompe toda práctica de libertad. Para aprender qué es la libertad, no cabe otra posibilidad que experimentarla, y para poder experimentarla hay que tener el tiempo y el espacio necesarios. La base fundamental de la acción libre es el diálogo. Ahora bien, dos son las condiciones de un auténtico discurso en común: un interés real de los individuos por las cuestiones abiertas a la discusión (problema de contenido) y una libre indagación de las posibles respuestas (problema del método). Estas dos condiciones deben realizarse contemporáneamente, desde el momento en que el contenido determina al método y viceversa. Se puede hablar de libertad sólo en libertad. Si no se es libre al responder, ¿para qué sirven las preguntas? El dialogo existe sólo cuando los individuos pueden hablar sin mediaciones, o sea cuando están en una relación de reciprocidad. Si el discurso se desarrolla en único sentido, no hay comunicación posible. Si alguno tiene el poder de imponer las preguntas, el contenido de estas últimas le será directamente funcional (y las respuestas llevarán en el método mismo el marco de la sujeción). A un súbdito sólo se le pueden hacer preguntas cuyas respuestas confirmen su rol de súbdito. Es desde este rol que el amo formulará las futuras preguntas. La esclavitud consiste en seguir respondiendo, puesto que las preguntas del amo se responden solas. Las investigaciones de mercado son, en este sentido, idénticas a las elecciones. La soberanía del elector se corresponde con la soberanía del consumidor, y viceversa. Cuando la pasividad televisiva necesita justificarse, se hace llamar audiencia; cuando el Estado tiene la necesidad de legitimar su poder, se hace llamar pueblo soberano. Tanto en un caso como en el otro, los individuos no son otra cosa que rehenes de un mecanismo que les concede el derecho de hablar después de haberlos privado de la facultad de hacerlo. Cuando se puede elegir solamente entre un candidato u otro, ¿qué queda del diálogo? Cuando se puede elegir sólo entre mercancía y programas televisivos diferentemente idénticos, ¿qué queda de la comunicación? Los contenidos de las cuestiones devienen insignificantes porque el método es falso.“Nada se asemeja más a un representante de la burguesía que un representante del proletariado”, escribía en 1907 Sorel. Aquello que los hacia idénticos era el hecho de ser, precisamente, representantes. Decir hoy lo mismo de un candidato de derecha y un candidato de izquierda no es ni más ni menos que una trivialidad. Los políticos, sin embargo, no tienen necesidad de ser originales (de esto se ocupan los publicitarios), basta que sepan administrar tales trivialidades. La terrible ironía es que los mass media son definidos como medios de comunicación y la feria del voto es llamada elección (o sea elección en un fuerte sentido, decisión libre y consciente). El punto es que el poder no admite ninguna gestión diferente. Aun queriéndolo (lo que nos lleva ya hacia una plena “utopía” , para imitar el lenguaje de los realistas), nada importante puede ser pedido a los electores, desde el momento en que el único acto libre que éstos podrían cumplir -la única elección autentica- sería dejar de votar. El que vota anhela preguntas insignificantes, ya que las preguntas auténticas excluyen la pasividad y la delegación.

Nos explicamos mejor. Supongamos que se pida a través de un referéndum la abolición del capitalismo (dejemos de lado el hecho de tal demanda, dadas las actuales relaciones sociales, es imposible). Seguramente la mayoría de los electores votaría por el capitalismo, por el simple hecho de que no se puede imaginar un mundo sin mercancías y sin dinero saliendo tranquilamente de casa, de la oficina o de un supermercado. Pero si todavía votase en contra nada cambiaría, porque una demanda de este tipo debe excluir a los electores para permanecer auténtica. Una sociedad entera no puede cambiar por decreto. El mismo razonamiento se puede hacer para demandas menos extremas. Tomemos el ejemplo de un barrio. Si los habitantes pudiesen (otra vez nos encontramos en plena “utopía”) expresarse sobre la organización de los espacios de sus vidas (casas, calles, plazas, etc.), ¿qué sucedería? Digamos enseguida que la elección de los habitantes sería en principio inevitablemente limitada, siendo los barrios resultado del desplazamiento y de la concentración de la población en relación con las necesidades de la economía y del control social. Tratemos a pesar de todo de imaginar otra organización de estos guettos. Sin temor a ser desmentidos, se puede afirmar que la mayoría de la población tendría al respecto las mimas ideas que la policía. Si así no fuese (si una aun limitada práctica del diálogo provocase el surgimiento del deseo de nuevos ambientes), sobrevendría la explosión del guetto. ¿Cómo conciliar, manteniendo constante el orden social presente, el interés del constructor de autos y las ganas de respirar de los habitantes, la libre circulación de los individuos y el miedo de los propietarios de los negocios de lujo, los espacios de juego de los niños y el cemento de los estacionamiento, de los bancos y de los centros comerciales? ¿Y todas las casas vacías dejadas en manos de la especulación? ¿Y los condominios que se asemejan terriblemente a los cuarteles que se asemejan terriblemente a las escuelas que se asemejan terriblemente a los hospitales que se asemejan terriblemente a los manicomios? Desplazar un pequeño muro de este laberinto de horrores significa poner en juego el proyecto entero.

Cuanto más se aleja uno de la mirada policial sobre el ambiente, más se acerca al choque con la policía. “¿Cómo pensar libremente a la sombra de una capilla?”, escribió una mano anónima sobre el espacio sagrado de la Sorbona durante el Mayo Francés. Este impecable interrogante tiene un alcance general. Cada ambiente pensado económica y religiosamente no puede más que imponer deseos económicos y religiosos. Una iglesia excomulgada sigue siendo la casa de dios. En un centro comercial abandonado siguen conversando las mercancías. El patio de un cuartel fuera de uso, todavía contiene el paso militar. Este sentido tenía razón quien decía que la destrucción de la Bastilla fue un acto de psicología social aplicada. Ninguna bastilla podría ser tratada de otro modo, porque sus muros seguirían relatando una historia de cuerpos y deseos prisioneros. El tiempo de las prestaciones, de las obligaciones y del aburrimiento desposa a los espacios del consumo en bodas incesantes y fúnebres. El trabajo reproduce el ambiente social que reproduce la resignación al trabajo. Se aman las noches frente al televisor porque se ha pasado todo el día en la oficina o en el subte. Estar callados en la fábrica transforma a los gritos del estadio en una gran promesa de felicidad. La sensación de culpa en la escuela reivindica la irresponsabilidad idiota del sábado a la noche en la discoteca. La publicidad del Club Med hace soñar sólo a ojos salidos de un Mc Donald´s. Etcétera. Hay que saber experimentar la libertad para ser libres. Hay que liberarse para poder hacer experiencia de la libertad. En el interior del orden social presente, el tiempo y el espacio impiden la experiencia de la libertad porque sofocan la libertad de la experiencia.

III

“Los tigres de la ira son más sabios que los caballos de la inteligencia”
W. Blake

Solo trastornando los imperativos del tiempo y del espacio social pueden imaginar nuevas relaciones y nuevos ambientes. El viejo filósofo decía que se desea sólo sobre la base de aquello que se conoce. Los deseos pueden cambiar sólo si se cambia la vida que los hace nacer. Para hablar claro, la insurrección contra los tiempos y lugares del poder es una necesidad material y al mismo tiempo psicológica. Bakunin decía que las revoluciones son realizadas por tres cuartos de fantasía y por un cuarto de realidad. Lo que importa es entender dónde nace la fantasía que hace estallar la revuelta generalizada. El desencadenamiento de todas las malas pasiones, como decía el revolucionario ruso, es la fuerza irresistible de la transformación. Por más que todo esto puede hacer sonreír a los resignados o a los fríos analistas de los movimientos históricos del capital, podemos decir -si dicha jerga no nos indigestara- que una idea tal de la revolución es extremadamente moderna. Malas, las pasiones lo son en tanto prisioneras, sofocadas por una normalidad que es el más frío de los gélidos monstruos. Pero malas también lo son porque la voluntad de vida, antes que desaparecer bajo el peso de deberes y máscaras, se transforma en su contrario. Sometida a las obligaciones cotidianas, la vida se niega una y otra vez a sí misma y reaparece en la figura de esclavo; ante la búsqueda desesperada de espacio, ella se hace presencia onírica, contracción física, tic nervioso, violencia idiota y gregaria. ¿Lo insoportable de las actuales condiciones de vida no es quizás testimoniado por la masiva difusión de psicofármacos, esta nueva intervención del Estado social? El dominio administra en todas partes la cautividad [cattivitá], justificando aquello que en cambio es un producto suyo, la maldad [cattiveria]. La insurrección hace las cuentas con ambas. Si no quiere engañarse a sí mismo y a los otros, quién quiera combata por la demolición del presente edificio social no puede esconder que la subversión es un juego de fuerzas salvajes y bárbaras. Algunos los llamaba Cosacos, algún otro patotas, a fin de cuentas son los individuos a quienes la paz social no les ha quitado la ira. ¿Pero cómo crear una nueva comunidad a partir de la cólera? Terminemos de una vez por todas con los ilusionismos de la dialéctica. Los explotados no son portadores de ningún proyecto positivo, así fuese la sociedad sin clases- (todo esto se parece muy de cerca al esquema productivo). Su única comunidad es el capital, del cual pueden escapar sólo a condición de destruir todo aquello que los hace existir como explotados: salario, mercancía, roles y jerarquías. El capitalismo no sienta en absoluto las bases de su propia superación hacia el comunismo -la famosa burguesía “que forja las armas que le darán su muerte”-, antes bien las bases de un mundo de horrores. Los explotados no tienen nada que autogestionar, a excepción de su propia negación como explotados. Sólo así junto a ellos desaparecerán sus amos, sus guías, sus apologetas acicalados de las más diversas maneras. En esta “inmensa obra de demolición urgente” debe encontrarse, cuando antes, la alegría. “Bárbaro”, para los Griegos, no significaba sólo “extranjero”, sino también “balbuceante”, tal como definía con desprecio a aquel que no hablaba correctamente la lengua de la polis. Lenguaje y territorio son dos realidades inseparables. La ley fija los límites que el orden de los Nombres hace respetar. Todo poder tiene sus bárbaros, todo discurso democrático tiene sus propios balbuceantes tartamudos. La sociedad de la mercancía, con la expulsión y el silencio, pretende hacer su obstinada presencia una nada. Y sobre esta nada la revuelta ha fundado su causa. La exclusión y las colonias internas, ninguna ideología del dialogo y de la participación jamás podrá enmascararlas del todo. Cuando la violencia cotidiana del Estado y de la economía hace estallar la parte mala, no podemos sorprendernos si alguien pone los pies sobre la mesa y no acepta discusiones. Sólo entonces las pasiones se sacan de encima un mundo que se derrumba de muerte. Los Bárbaros están a la vuelta de la esquina.

IV

“Debemos abandonar todo modelo y estudiar nuestras posibilidades”
E. A. Poe

Necesidad de la insurrección. Necesidad, obviamente, no en el sentido de ineluctabilidad (un suceso que antes o después debe suceder), sino en el sentido de condición concreta de una posibilidad. Necesidad de lo posible. El dinero en esta sociedad es necesario. Una vida sin dinero es posible. Para hacer experiencia de esto es necesario destruir esta sociedad. Hoy se puede hacer experiencia sólo de aquello que es socialmente necesario. Curiosamente, aquellos que consideran a la insurrección como un trágico error (o también, según los gustos, como un irrealizable sueño romántico), hablan mucho de acción social y de espacios de libertad para experimentar. Sin embargo, basta retorcer un poco razonamientos de este tipo para que salga todo el jugo. Para actuar libremente es necesario, como se ha dicho, hablarse sin mediaciones. Y entonces que se nos diga: ¿sobre qué cosa, cuánto y dónde se puede dialogar actualmente? Para discutir libremente se debe arrancar tiempo y espacio de los imperativos sociales. En suma, el diálogo es inseparable de la lucha. Es inseparable materialmente (para hablarnos debemos substraernos del tiempo impuesto y aferrarnos a los espacios posibles) y psicológicamente (los individuos aman hablar de aquello que hacen porque sólo entonces las palabras transforman la realidad). Lo que se olvida es que vivimos todos en un guetto, aun si no pagamos el alquiler de casa o si nuestro calendario cuenta con muchos domingos. Si no logramos destruir este guetto, la libertad de experiencia se reduce a algo bien miserable. Muchos libertarios piensan que el cambio de la sociedad puede y debe acontecer gradualmente, sin una ruptura repentina. Por eso hablan de “esferas publicas no estatales” donde elaborar nuevas ideas y nuevas prácticas. Dejando de lado los aspectos decididamente cómicos de la cuestión (¿dónde no hay estado? ¿Cómo ponerlo entre paréntesis?), lo que se puede notar es que el referente ideal de estos discursos sigue siendo el método autogestionario y federalista experimentando por los subversivos en algunos momentos históricos (la Comuna de París, la España revolucionaria, la Comuna de Budapest, etcétera). El pequeño pormenor que se descuida, sin embargo, es que la posibilidad de hablarse y de cambiar la realidad, los rebeldes la han tomado con las armas. En definitiva se olvida de un pequeño detalle: la insurrección. No se pude descontextualizar un método (la asamblea de barrio, la decisión directa, la conexión horizontal, etcétera) del marco que lo ha hecho posible, ni mucho menos enfrentar esto contra aquello (con razonamientos del tipo “no sirve atacar al Estado, se necesita autorganizarse, concretizar la utopía”). Aun antes de considerar, por ejemplo, qué han significado -y qué podrían significar hoy- los Consejos proletarios, hace falta considerar las condiciones en las cuales nacieron (1905 en Rusia, 1918-1921 en Alemania y en Italia, etcétera). Se ha tratado de momentos insurreccionales. Que alguien nos explique cómo es posible, hoy, que los explotados decidan en primera persona sobre cuestiones de una cierta importancia sin romper por la fuerza la normalidad social; después se podrá hablar de autogestión y de federalismo. Antes de discutir sobre qué quiere decir autogestionar las actuales estructuras productivas “después de la revolución”, se necesita afirmar una trivialidad de base: los patrones y la policía no estarían de acuerdo. No se puede discutir acerca de una posibilidad descuidando las condiciones que la hacen concreta. Toda Hipótesis de liberación está ligada a la ruptura con la sociedad actual. Hagamos un último ejemplo. También en un ámbito libertario se habla de democracia directa. Se puede responder de inmediato que la utopía anarquista se opone al método de la decisión por mayoría. Correctísimo. Pero el punto es que ninguno habla concretamente de democracia directa. Dejando de lado a aquellos que entienden por democracia directa su exacto contrario, es decir la constitución de listas cívicas y la participación en las elecciones municipales, tomemos a quienes imaginan reales asambleas ciudadanas en las cuales hablarse sin mediaciones. ¿Sobre qué cosas se podrían expresar a los susodichos ciudadanos? ¿Cómo podrían responder de otro modo sin cambiar al mismo tiempo las preguntas? ¿Cómo mantener la distinción entre una supuesta libertad política y las actuales condiciones económicas, sociales y tecnológicas? En suma, a pesar de todos los rodeos que demos alrededor de este asunto, el problema de la destrucción queda. A menos que no se piense que una sociedad centralizada tecnológicamente pueda ser al mismo tiempo federalista; o también que pueda existir la autogestión generalizada en auténticas prisiones, como son las ciudades actuales. Decir que todo esto se cambia gradualmente significa sólo mezclar pésimamente las cartas. Sin una revuelta generalizada no se puede comenzar cambio alguno. La insurrección es la totalidad de las relaciones sociales que, no ya enmascarada por las especializaciones del capital, se abre a la aventura de libertad. La insurrección por sí sola no da respuestas, es verdad, sólo empieza a hacer las preguntas. El punto entonces no es actuar gradualmente o actuar aventurerísticamente. El punto es: actuar o soñar con hacerlo. La crítica de la democracia directa (para seguir con el ejemplo) debe considerar a esta última en su dimensión concreta. Sólo así se puede ir más allá, pensando cuáles son las bases sociales de la autonomía individual. Sólo así este mas allá puede transformarse de inmediato en método de lucha. Hoy los subversivos se encuentran en la situación de tener que criticar las hipótesis ajenas definiéndolas de un modo más correcto del que lo hacen sus propios sostenedores. Para afilar mejor las propias armas.

V

“Es una verdad axiomática, de perogrullo, que la revolución no se puede hacer sino cuando hay fuerzas suficientes para hacerla. Pero es una verdad histórica que las fuerzas que determinan la evolución y las revoluciones sociales no se calculan en las grillas de los censos”
E. Malatesta

La idea de la posibilidad de una transformación social hoy no está de moda. Las “masas”, se dice, están totalmente dormidas e integradas a las normas sociales. De una similar constatación se pude extraer por lo menos dos conclusiones: la revuelta no es posible; la revuelta es posible sólo si se trata de unos pocos. La primera conclusión puede a su vez descomponerse en un discurso abiertamente institucional (necesidad de elecciones, de las conquistas legales, etcétera) y en otro de reformismo social (autoorganización sindical, luchas por los derechos colectivos, etcétera). De la misma manera, la segunda conclusión puede fundar tanto un discurso vanguardista clásico como un discurso antiautoritario de agitación permanente. A modo de premisa se puede hacer notar que, en el curso de la historia, ciertas hipótesis aparentemente opuestas han compartido un fundamento común. Si se toma, por ejemplo, la posición entre socialdemocracia y bolchevismo, resulta claro ambas partían del presupuesto de que las masas no tienen una conciencia revolucionaria y que por lo tanto deben ser dirigidas. Socialdemócratas y bolcheviques diferían sólo en el método -partido reformista o partido revolucionario; estrategia parlamentaria o conquista violenta del poder- con el cual aplicar un idéntico programa: apartar desde el exterior la conciencia a los explotados. Tomemos la hipótesis de una práctica subversiva “minoritaria” que rechaza el modelo leninista. Desde una perspectiva libertaria, o bien se abandona todo discurso insurreccional (a favor de una revuelta declaradamente solitaria), o bien, más tarde o más temprano se necesitará también plantear el problema del alcance social de las propias ideas y de las propias prácticas. Si no se quiere resolver la cuestión en el ámbito de los milagros lingüísticos (por ejemplo diciendo que la tesis que se sostienen están ya en la cabeza de los explotados, o que la propia rebelión es ya parte de una condición difundida) se impone de hecho un dato: estamos aislados -lo que quiere decir: somos pocos-. Actuar siendo pocos no sólo no constituye un límite, sino que representa un modo distinto de pensar la transformación social misma. Los libertarios son los únicos que imaginan una dimensión de vida colectiva no subordinada a la existencia de centros directivos.

La auténtica hipótesis federalista es la idea que hace posible el acuerdo entre las libres uniones de los individuos. Las relaciones de afinidad son un modo de concebir la unión, ya no sobre las base de la ideología y de la adhesión cuantitativa, si no a partir de la conciencia recíproca, de la confianza y de la comunidad de pasiones proyectuales. Pero la afinidad en los proyectos y la autonomía de la acción individual no tienen sentido sino pueden ensancharse sin ser sacrificadas a supuestas necesidades superiores. La unión horizontal es aquello que concretiza cualquier práctica de la liberación: una unión informal, de hecho, capas de romper con toda la representación. Una sociedad centralizada no puede renunciar al control policial y al mortal aparato tecnológico. Para esto, quien no sabe imaginar una comunidad sin autoridad estatal no tiene instrumentos para criticar la economía que está destruyendo el planeta; quien no sabe pensar una comunidad de únicos no tiene armas contra la mediación política. Al contrario, la idea de la libre experiencia y de la unión de afinidades como base de nuevas relaciones hace posible un completo vuelco social. Sólo abandonando toda la idea de centro (la conquista del Palacio de Invierno o, con el pasar del tiempo, la televisión de Estado) se puede construir una vida sin imposiciones y sin dinero.

En este sentido, el método del ataque difuso es una forma de lucha que trae consigo un mundo distinto. Actuar cuando todos predican la espera, cuando no se puede contar con grandes séquitos, cuando no se sabe por anticipado si se obtendrán resultados -actuar así significa ya afirmar por qué cosa combatimos: por una sociedad sin medida. He aquí entonces que la acción en pequeños grupos de afines contiene la más importante de las cualidades -la de no ser una simple toma de conciencia táctica, sino de realizar al mismo tiempo el propio fin. Liquidar la mentira de la transición (la dictadura antes del comunismo, el poder antes de la libertad, el salario antes de la toma del montón, la certeza del resultado antes de la acción, los pedidos de financiación antes de la expropiación, los “bancos éticos” antes de la anarquía, etc.) significa hacer de la revuelta misma un modo diferente de concebir las relaciones. Atacar de inmediato la hidra tecnológica quiere decir pensar una vida sin policías de guardapolvo blanco (lo que significa: sin la organización económica y científica que los hace necesarios); atacar súbitamente los instrumentos de la domesticación mediática quiere decir crear relaciones libres de imágenes (lo que significa: libres de la pasividad cotidiana que las fabrica). Quien grita que ya no es más -o que no es todavía- tiempo de revuelta, nos revela de antemano cuál es la sociedad por la cual combate. Por el contrario, sostener la necesidad de una insurrección social, de un movimiento incontenible que rompa con el Tiempo histórico para hacer emerger lo posible, significa decir algo simple: no queremos dirigentes. Hoy el único federalismo concreto es la rebelión generalizada. Para rechazar toda forma de centralización se necesita ir más allá de la idea cuantitativa de lucha, es decir la idea de llamar a unirse a los explotados para un choque frontal con el poder. Se necesita pensar otro concepto de fuerza -para quemar las grillas del censo y cambiar la realidad-. “Regla principal: no actuar en masa. Conducid una acción de a tres o de a cuatro como máximo. El numero de los pequeños grupos debe ser lo más grande posible y cada uno de ellos debe aprender a atacar y desparecer velozmente. La policía trata de aplastar a un grupo de miles de personas con un solo grupo de cien cosacos. Es más fácil enfrentar a un centenar de hombres que a uno solo, especialmente si éste golpea por sorpresa y desaparece misteriosamente. La policía y el ejército no tendrán poder si Moscú se cubre de estos pequeños destacamentos inaferrables […] No ocupar fortalezas. Las tropas siempre serán capaces de tomarlas o simplemente destruirlas gracias a su artillería. Nuestras fortalezas serán los patios internos o cualquier lugar desde el cual sea accesible golpear y fácil salir. Si tuvieran que tomar estos lugares, no encontrarían a nadie y perderían gran cantidad de hombres. Es imposible para ellos agarrarlos a todos porque deberían, para esto, llenar cada casa de cosacos”.Aviso a los insurrectos, Moscú, 11 de diciembre de 1905.

VI

“La poesía consiste en hacer matrimonios y divorcios ilegales entre las cosas”
F. Bacon

Pensar otro concepto de fuerza. Quizás sea esta la nueva poesía. En el fondo, ¿qué es la revuelta social sino un juego generalizado de matrimonios y divorcios ilegales entre las cosas? La fuerza revolucionaria no es una fuerza igual y contraria a la del poder. Si así fuera estaríamos ya derrotados porque cada cambio sería el eterno retorno de la constricción. Todo se reduciría a un choque militar, a una macabra danza de estandartes. Pero los movimientos reales escapan siempre a la mirada cuantitativa. El Estado y el capital tienen los más sofisticados sistemas de control y de represión ¿Cómo pararnos frente a este Moloch? El secreto consiste en el arte de descomponer y recomponer. El movimiento de la inteligencia es un juego continuo de descomposiciones y de correspondencias. Lo mismo vale para la práctica subversiva. Criticar la tecnología, por ejemplo, significa componer el cuadro general, mirarla no como un simple conjunto de máquinas, sino antes como una relación social, como sistema; significa comprender que un instrumento tecnológico refleja la sociedad que lo ha producido y que su introducción modifica las relaciones entre los individuos. Criticar la tecnología significa rechazar la subordinación de cada actividad humana a los tiempos de la ganancia. De otro modo nos engañaríamos sobre su alcance, sobre su supuesta neutralidad, sobre la reversibilidad de sus consecuencias. Sin embargo, se necesita luego descomponerla en sus mil ramificaciones, en sus realizaciones concretas que nos mutilan cada día más; se necesita entender que la difusión de las estructuras productivas y de control que ella hace posible simplifican el sabotaje. De otro modo sería imposible atacarla. Lo mismo vale para las escuelas, los cuarteles, las oficinas. Se trata de realidades inseparables de las relaciones jerárquicas generales y mercantiles, pero que se concretizan en lugares y hombres determinados. ¿Cómo volvernos visibles -nosotros, así de pocos- ante los estudiantes, ante los trabajadores, ante los desocupados? Si se piensa en términos de consenso y de imagen (hacerse visible, justamente), la respuesta se da por descontada: sindicatos y especuladores políticos profesionales son más fuertes que nosotros. Una vez más, el defecto radica en la capacidad de componer-descomponer. El reformismo actúa sobre el detalle, y de modo cuantitativo: se mueve con grandes números para cambiar algunos elementos aislados del poder. Una crítica global de la sociedad, en cambio, puede hacer surgir una visión cualitativa de la acción. Justamente porque no existen centros o sujetos revolucionarios a los que subordinar los propios proyectos, toda realidad social reenvía al todo del cual es parte.

Ya se trate de contaminación, de cárcel o de urbanística, un discurso realmente subversivo termina por poner todo en cuestión. Hoy más que nunca, un proyecto cuantitativo (juntar a los estudiantes, a los trabajadores a los desocupados en organizaciones permanentes con un programa especifico) no puede hacer más que actuar sobre el detalle, quitándole a las acciones su fuerza principal -la de instalar cuestiones irreductibles a las separaciones categoriales (estudiantes, trabajadores, inmigrantes, homosexuales, etc.). Más aun teniendo en cuenta que el reformismo es cada vez más incapaz de reformar algo (piénsese en la desocupación, falsamente presentada como un desgaste -resoluble- en la racionalidad económica). Alguien decía que hasta el pedido de una comida no envenenada es en sí mismo un proyecto revolucionario, desde el momento en que para satisfacerlo sería necesario cambiar todas las relaciones sociales.

Toda reivindicación dirigida a un interlocutor preciso lleva consigo su propia derrota, por la misma razón de que ninguna autoridad puede resolver, ni aun queriéndolo, un problema de alcance general. ¿A quién dirigirse para enfrentar la contaminación del aire? Aquellos que durante una huelga salvaje llevaban una bandera sobre la cual estaba escrito No pedimos nada, habían comprendido que la derrota está en la reivindicación misma (“contra el enemigo la reivindicación es eterna” rememora una ley de las XII tablas). No le queda a la revuelta otra solución más que tomar todo para sí. Como había dicho Stirner: “Aunque ustedes les concedan a ellos todo lo que piden, ellos les pedirán siempre más, porque lo que quieren es nada menos que esto: el fin de toda concesión”. ¿Y entonces? Entonces se puede pensar actuar de a pocos sin actuar aisladamente, con la conciencia de que cualquier buen contacto sirve de más, en situaciones explosivas, que los grandes números. Muy a menudo, ciertas luchas sociales tristemente reivindicativas desarrollan métodos más interesantes que los objetivos (un grupo de desocupados, por ejemplo, que pide trabajo y termina por quemar una oficina de empleos). Es verdad que se puede estar en desacuerdo al decir que el trabajo no debe ser buscado, sino destruido. O que se puede tratar de unir la crítica de la economía con aquella oficina quemada apasionadamente, la crítica de los sindicatos con un discurso de sabotaje. Todo objetivo específico de lucha reúne en sí, pronta a estallar, la violencia de todas las relaciones sociales. La trivialidad de sus causas inmediatas, se sabe, es el ticket de entrada a las revueltas en la historia. ¿Qué podría hacer un grupo de compañeros frente a situaciones similares? No mucho, sino ha pensado ya (por ejemplo) en cómo distribuir un panfletillo o en qué puntos de la ciudad expandir un foco de protesta; quizás algo más, si una inteligencia jovial y facinerosa les hace olvidar los grandes números y las grandes estructuras organizativas. Sin querer renovar por esto la mitología de la huelga general como condición desencadenante de la insurrección, está bastante claro que la interrupción de la actividad social se mantiene como un punto decisivo. Hacia esta parálisis de la normalidad debe dirigirse la acción subversiva, cualquiera sea la causa de un choque insurreccional. Si los estudiantes siguen estudiando, los obreros -los que quedan- y los empleados siguen trabajando, los desocupados siguen preocupándose por la ocupación, ningún cambio es posible. La práctica revolucionaria estará siempre por sobre la gente. Una organización separada de las luchas no sirve ni para desencadenar la revuelta ni para expandir y defender su alcance. Si es verdad que los explotados se acercan a aquellos que saben garantizar, en el curso de las luchas, mayores mejoras económicas -esto es, si es verdad que toda lucha reivindicativa tiene un carácter necesariamente reformista-, son los libertarios quienes pueden, a través de sus métodos (la autonomía individual, la acción directa, la conflictividad permanente), impulsarlos a ir más allá del modelo de la reivindicación, a negar todas las identidades sociales (profesor, empleado, obrero, etcétera). Una organización reivindicativa permanente especifica de los libertarios quedaría al margen de las luchas (sólo pocos explotados podrían elegir formar parte), o perderían su propia peculiaridad libertaria (en el ámbito de las luchas sindicales, los más profesionales son los sindicalistas). Una estructura organizativa formada por revolucionarios y por explotados puede permanecer conflictiva sólo si se encuentra ligada a la duración de una lucha, a un objetivo específico, a la perspectiva del ataque; en fin si es una critica en acto del sindicato y de la colaboración con los patrones. Por el momento no se puede llamar precisamente “remarcable” a la capacidad de los subversivos de lanzar luchas sociales (antimilitaristas, contra las nocividades ambientales, etcétera). Queda la otra hipótesis (queda, bien entendido, para el que no respeta que “la gente es cómplice y resignada”, y buenas noches a los soñadores), la de una intervención autónoma en luchas -o en revueltas más o menos extendidas- que nacen espontáneamente. Si se buscan discursos claros sobre la sociedad por la que los explotados pelean (como ha pretendido algún teórico sutil frente a una reciente ola de huelgas), nos podemos quedar tranquilamente en casa. Si nos limitamos -algo en el fondo no muy distinto- a “adherir críticamente”, se agregaran nuestras banderas rojas y negras a las de partidos y sindicatos. Una vez más la crítica del detalle se casa con el modelo cuantitativo. Si se piensa que cuando los desocupados hablan de derecho al trabajo se debe actuar en esa línea (con las deudas distingo a propósito entre salariado y “actividad socialmente útil”), entonces el único lugar de la acción parece ser la plaza poblada de manifestantes. Como sabía el viejo Aristóteles, sin unidad de tiempo y espacio no hay representación posible. ¿Pero quién dijo que a los desocupados no se les puede -practicándolos-, hablar de sabotaje, de abolición del derecho o de negativa a pagar el alquiler? ¿Quién dijo que durante una huelga de plaza la economía no puede ser criticada en otro lugar? Decir aquello que el enemigo no espera y estar donde no nos aguarda. Esta es la nueva poesía.

VII

“Somos demasiado jóvenes, no podemos esperar más”
Graffiti mural en París

La fuerza de una insurrección es social, no militar. El criterio para evaluar el alcance de una revuelta generalizada no es el choque armado, sino más bien la amplitud de la parálisis de la economía, de la toma de posesión de lugares de producción y de distribución, de la gratuidad que quema todo cálculo, de la deserción de las obligaciones y de los roles sociales; en breve, el trastocamiento de la vida. Ninguna guerrilla, por más eficaz que sea, puede sustituir a este grandioso movimiento de destrucción y de transformación. La insurrección es el leve emerger de una trivialidad: ningún poder se puede regir sin la servidumbre voluntaria de quien lo padece. Nada mejor que la revuelta revela que son los mismos explotados quienes hacen funcionar la máquina asesina de la explotación. La interrupción extendida y salvaje de la actividad social desgarra de un golpe el velo de la ideología y hace aparecer las reales relaciones de fuerza; el Estado se muestra entonces como lo que es -la organización política de la pasividad. La ideología de un lado y la fantasía del otro revelan entonces todo su peso material. Los explotados no hacen más que descubrir una fuerza que siempre han tenido, terminando con la ilusión de que la sociedad se reproduce por sí sola o de que algún topo excave por ellos. Ellos son insurgentes contra su propio pasado de obediencia -lo que ha Estado, justamente- , contra la costumbre erigida en defensa del viejo mundo. La conjura de los insurrectos es la única ocasión en la cual la “colectividad” no es la noche que denuncia a la policía el vuelo de las luciérnagas, ni la mentira que hace de la suma de los malestares individuales un bien común, sino más bien lo negro que da a la diferencia la fuerza de la complicidad. El capital es antes que nada la comunidad de la delación, la unión que hace la debilidad de los individuos, un ser-conjunto que nos vuelve divididos. La conciencia social es una voz interior que repite: “Los otros aceptan”. La fuerza real de los explotados se levanta así contra ellos. La insurrección es el proceso que libera esta fuerza, aunándola al placer de vivir y a la autonomía; es el momento en que se piensa recíprocamente que lo mejor que se puede hacer por los otros es liberarse a sí mismos. En este sentido, ella es “un movimiento colectivo de realización individual”. La normalidad del trabajo y del “tiempo libre”, de la familia y del consumo, mata toda mala pasión por la libertad. (En este mismo momento, mientras escribimos estas líneas, estamos separados de nuestros símiles, y esta separación libera al Estado del pese de prohibirnos escribir). Sin una fractura violenta con la costumbre ningún cambio es posible. Pero la revuelta es siempre obra de minorías. Alrededor está la masa, lista para transformarse en instrumento de dominio (para el siervo que se revela, el “poder” es al mismo tiempo la fuerza del amo y la obediencia de los otros siervos) o para aceptar por inercia el cambio en acto. La más grande huelga general salvaje de la historia -la del Mayo Francés- no ha involucrado más que un quinto de la población de un único Estado. De esto no se sigue como única conclusión la de apropiarse del poder para dirigir a las masas, ni la de que es necesario presentarse como la conciencia del proletariado; sino simplemente que no existe salto alguno entre la sociedad actual y la libertad. La actitud servil y pasiva no es un asunto que se resuelve en un día o en un mes. Su contrario debe hacerse espacio y tomarse su tiempo. El trastocamiento social no es otra cosa que la condición de partida. El desprecio por la “masa” no es cualitativo, sino más bien ideológico, o sea subordinado a las representaciones dominantes. El pueblo del capital existe, ciertamente, pero no tiene contornos precisos. Es siempre de la masa anónima de donde salen, amotinándose, lo desconocido y la voluntad de vivir. Decir que somos los únicos rebeldes en un mar de sometimiento es en el fondo reconfortante, porque clausura la partida de antemano. Nosotros simplemente decimos que no sabemos quiénes son nuestros cómplices y que tenemos la necesidad de una tormenta social para descubrirlo. Hoy cada uno de nosotros decide en qué medida los otros no pueden decidir (abdicando de la posibilidad de elección propia hacemos funcionar a un mundo de autómatas). Durante la insurrección la posibilidad de elegir se extiende con las armas y con las armas hay que defenderla, porque es sobre su cadáver que nace la reacción. Por más minoritario (¿pero en base a qué punto de referencia?) que sea respecto de sus fuerzas activas, el fenómeno insurreccional puede asumir dimensiones extremadamente amplias, y es en este punto que él revela su naturaleza social. Cuanto más extendida y entusiasta es la rebelión, menos se transforma el choque militar en su criterio de medida. Con la extensión de la autoorganización armada de los explotados se revela toda la fragilidad del orden social y se afirma la certeza de que la revuelta, así como las relaciones jerárquicas y mercantiles, está en todos lados. El que piensa en la revolución como un golpe de Estado, en cambio, tiene un concepto militar del choque. Cualquier organización que se pone como vanguardia de los explotados tiende a ocultar el hecho de que el dominio es una relación social y no un simple barrio general a conquistar; de otro modo, ¿cómo justificaría su propio rol? Lo más útil que se puede hacer con las armas es volverlas lo más inútiles posibles. Pero el problema de las armas se queda en un plano abstracto si no se liga a la relación entre revolucionarios y explotados, entre organización y movimiento real. Demasiado a menudo, de cualquier manera, los revolucionarios han pretendido ser la conciencia de los explotados, representar el grado de madurez subversiva. El “movimiento social” se ha transformado así en la justificación del partido (que en la versión leninista se transforma en una élite de profesionales de la revolución). El círculo vicioso es cuanto más nos separamos de los explotados, más debemos representar una relación que falta. La subversión se reduce así a sus propias prácticas, y la representación deviene organización de un fraude ideológico -la versión burocrática de la apropiación capitalista. El movimiento revolucionario se identifica entonces con su expresión “más avanzada”, la cual realiza el concepto. La dialéctica hegeliana de la totalidad ofrece un armazón perfecto para esta construcción. Pero existe también una crítica de la separación y de la representación que justifica la espera y valoriza el rol de los críticos. Con el pretexto de no separarse del “movimiento social” se acaba por denunciar toda práctica de ataque en cuanto a “fuga hacia delante” o mera “propaganda armada”. Una vez más el revolucionario está llamando a “desvelar”, quizás en su misma inacción, las condiciones reales de los explotados. En consecuencia ninguna revuelta es posible por fuera de un movimiento social visible. El que actúa, entonces, debe necesariamente querer sustituir a los proletarios. El único patrimonio a defender llega a ser la “crítica radical”, la “lucidez revolucionaria”. La vida es miserable, y por lo tanto no se puede más que teorizar sobre la miseria. La verdad ante todo. De este modo, la separación entre subversivos y explotados no es en absoluto eliminada, sino sólo desplazada. Nosotros no somos explotados junto a otros explotados; nuestros deseos, nuestra rabia y nuestras debilidades no forman parte del antagonismo de clases. En absoluto podemos actuar cuando nos parece: tenemos una misión -aunque ciertamente no se llame así- que cumplir. Hay quien se sacrifica por el proletariado con la pasión y hay quien lo hace con la pasividad. Este mundo nos está envenenando, nos constriñe de actividades inútiles y nocivas, nos impone tener la necesidad de dinero y nos priva de relaciones apasionantes. Estamos envejeciendo entre hombre y mujeres sin sueños, extranjeros en un presente que no deja espacio a nuestros impulsos más generosos. No somos partisanos de abnegación alguna. Es simplemente que lo que esta sociedad sabe ofrecer como lo mejor (la carrera, la fama, la victoria imprevista, el “amor”), no nos interesa. El mando nos repugna tanto como la obediencia. Somos explotados como los otros y queremos terminar cuanto antes con la explotación. Para nosotros, la revuelta no necesita de otras justificaciones. Nuestra vida se nos escapa y todo discurso de clase que no parta de esto no es otra cosa que una mera mentira. No queremos dirigir ni sostener movimientos sociales, sino participar en los que existen en la medida en que reconozcamos en ellos exigencias comunes. Desde una perspectiva desmedida de liberación, no hay formas de luchas superiores. La revuelta necesita de todo, diarios y libros, armas y explosivos, reflexiones y blasfemias, venenos, puñales e incendios. El único problema interesante es cómo mezclarlos.

VIII

“Es fácil golpear a un pájaro de vuelo uniforme”
B. Gracian

El deseo de cambiar cuanto antes la propia vida no sólo lo comprendemos, sino que es el único criterio con el cual buscamos a nuestros cómplices. Lo mismo vale para lo que se puede llamar una necesidad de coherencia. La voluntad de vivir las propias ideas y crear la teoría a partir de la propia vida no es ciertamente la búsqueda de ejemplaridades (y de su revés paternalista y jerárquico), sino antes el rechazo de toda ideología, incluida la del placer. De quien se alegra de los espacios que alcanza a recortar -y a salvaguardar- para sí en esta sociedad, nos separa, aun antes de la reflexión, el modo mismo de palpar la existencia. Pero igualmente distante sentimos a quien querría desertar de la normalidad cotidiana para confiarse a la mitología de la clandestinidad y de la organización combatiente, o sea para encerrarse en otras jaulas. No hay ningún rol, por más legalmente riesgoso que sea, que pueda sustituir el cambio real de las relaciones. No hay atajos al alcance de la mano, no existe un salto inmediato al más allá. La revolución no es una guerra. La infausta ideología de las armas ya ha transformado, en el pasado, la necesidad de coherencia de pocos en el gregarismo de los más. Que las armas se dirijan una vez por todas contra la ideología. Quien tiene la pasión del desorden social y una visión “personal” de la lucha de clases, quiere hacer algo de inmediato. Si analiza las transformaciones del capital y del Estado, es para decidirse a atacarlo, no por cierto para irse a dormir con las ideas más claras. Si no ha introyectado las prohibiciones y las distinciones de la ley y de la moral dominante, trata de usar todos los instrumentos para determinar las reglas del propio juego. La pluma y el revólver son por igual armas para él, a diferencia del escritor y del soldado, para quienes se trata de asuntos profesionales y en definitiva de identidades mercantiles. El subversivo es subversivo aún si la pluma y el revólver, mientras posea el arma que contiene a todas las otras: la propia determinación. La “lucha armada” es una estrategia que puede ponerse al servicio de cualquier proyecto. Aun hoy la guerrilla es usada por organizaciones cuyo programa es en esencia socialdemócrata; simplemente, sostienen sus reivindicaciones con una práctica militar. La política puede hacerse también con las armas. En cualquier tratativa con el poder -o sea, en cualquier relación que lo tenga a este último como interlocutor, o incluso como enemigo- el que quiere negociar debe situarse como fuerza representativa. Representar una realidad social significa, desde esta perspectiva, reducirla a la propia organización. No se quiere, de este modo, a la lucha armada como extendida y espontánea, sino ligada a las diversas fases de las tratativas. La organización gestionará los resultados. Las relaciones entre los miembros de la organización y entre esta última y el mundo exterior reflejan en consecuencia lo que es un programa autoritario; llevan el corazón la jerarquía y la obediencia. Para quien se pone como meta la conquista violenta del poder político, el problema no es muy distinto. Se trata de hacer propaganda de la propia fuerza de vanguardia capas de dirigir el movimiento revolucionario. La “lucha armada” se presenta como la forma superior de las confrontaciones sociales. Quien es más representativo militarmente -debido al efecto espectacular de las acciones- constituye entonces el auténtico partido armado. Los procesos y los tribunales populares se presentan como la consecuente puesta en escena de quien desea sustituir al Estado. El estado, por su parte, tiene todo el interés de reducir la amenaza revolucionaria a algunas organizaciones combativas, para transformar la subversión en un encuentro entre dos ejércitos: las instituciones por un lado y el partido armado por el otro. Lo que el dominio teme es la revuelta generalizada y anónima. La imagen mediática del “terrorista” actúa junto a la policía en defensa de la paz social. El ciudadano aplaude o se asusta, pero se mantiene siempre como ciudadano, es decir como espectador. Es el maquillaje reformista de lo existente el encargado de alimentar la mitología armada, produciendo la falsa alternativa entre política legal y política clandestina. Alcanza con notar cuántos sinceros demócratas de izquierda se conmueven con la guerrilla en México o en América Latina. La pasividad necesita siempre de guías y de especialistas. Cuando se desilusiona con aquellos tradicionales, se codea con los nuevos. Una organización armada -con un programa y una sigla- específica de los revolucionarios, puede tener ciertamente características libertarias, así como la revolución social que muchos anarquistas quieren es, sin duda, también una “lucha armada”. ¿Pero alcanza? Si reconocemos la necesidad de organizar, en el devenir de la lucha insurrecta, el hecho armado; si sostenemos la posibilidad, desde ahora, de atacar las estructuras y los hombres del dominio; si consideramos decisiva, en fin, la unión horizontal entre los grupos de afinidad en las prácticas de revuelta, criticamos la perspectiva de quien presenta las acciones armadas como el real ir más allá de los límites de las luchas sociales y atribuye así a una forma de lucha un rol superior a las otras. Por otra parte, vemos en el uso de siglas y programas la creación de una identidad que separa a los revolucionarios de los demás explotados, haciéndolos al mismo tiempo visibles a los ojos del poder, o sea representable. El ataque armado, en este sentido, no es más uno de los tantos instrumentos de la propia liberación, sino una expresión que se carga de valor simbólico y que tiende a apropiarse de una rebelión anónima. La organización informal como hecho ligado a la existencia de la luchas se transforma en una estructura decisional, permanente y formalizada. Una ocasión para encontrarse en los propios proyectos se transforma en un proyecto en si mismo. La organización comienza a querer reproducirse a sí misma, exactamente como las estructuras cuantitativa reformistas. Sigue intachablemente la triste seguidilla de comunicados de reivindicación y de documentos programáticos en los cuales se alza la voz para encontrarse luego persiguiendo a una identidad que existe sólo porque ha sido declarada. Acciones de ataque del todo similares a otras simplemente anónimas parecen entonces representar quién sabe qué salto cualitativo en la práctica revolucionaria. Reaparecen los esquemas de la política y se empieza a volar de un modo uniforme. Por cierto que la necesidad de organizarse es algo que puede acompañar siempre la práctica de los subversivos, más allá de las exigencias transitorias de una lucha. Pero para organizarse hay necesidad de acuerdos vivos y concretos, no de una imagen en busca de reflectores. El secreto del juego subversivo es la capacidad de hacer pedazos los espejos deformantes y de encontrarse cara a cara con las propias desnudeces. La organización es el conjunto real de los proyectos que la hacen vivir. Todo el resto es prótesis política o no es nada. La insurrección es mucho más que una “lucha armada”, porque en ella el antagonismo generalizado es uno y el mismo con el trastocamiento del orden social. El viejo mundo es invertido en la medida en que los explotados insurgentes están todos armados. Sólo entonces las armas no son la expresión separada de alguna vanguardia, monopolio de futuros patrones y burócratas, sino antes la condición concreta de la fiesta revolucionaria, la posibilidad colectiva de extender y defender la transformación de las relaciones sociales. Fuera de la ruptura insurreccional, la práctica subversiva es aun menos la “lucha armada”, salvo por querer restringir el inmenso campo de las propias pasiones a sólo algunos instrumentos. Cuestión de alegrarse de los roles ya fijados o de buscar la coherencia en el punto más lejano: la vida. Entonces realmente en la revuelta generalizada podremos descubrir, a contraluz, una maravillosa conjura de los yoes para crear una sociedad sin jefes y sin dormidos. Una sociedad de libres y de únicos.

IX

“No nos pidas la fórmula que pueda abrirte mundos,sí alguna sílaba perdida y seca como una rama.Hoy solo esto podemos decirte,Aquello que no somos, aquello que no queremos.”
E. Montale

La vida no puede ser sólo algo de lo cual aferrarse. Es un pensamiento que florece en todas partes, por lo menos una vez. Tenemos una posibilidad que nos hace más libres que los dioses: la de irnos. Es una idea para saborear hasta el fondo. Nada ni nadie nos obliga a vivir. Ni siquiera la muerte. Por eso nuestra vida es una tabula rasa, una tablita que todavía no ha sido escrita y que entonces contiene todas las palabra posibles. Con una libertad similar no podemos vivir como esclavos. La esclavitud está hecha para quien está condenado a vivir, para el que está destinado a la eternidad, no para nosotros. Para nosotros está lo desconocido. Lo desconocido de ambientes en los cuales perderse, de pensamientos jamás recorridos, de garantías que saltan por el aire, de perfectos desconocidos a quienes regalar la vida. Lo desconocido de un mundo al cual poder donarle los excesos del amor de sí. El riesgo, también. El riesgo de la brutalidad y del miedo. El riesgo de verlo finalmente a la cara, el mal de vivir. Todo esta encuentra quien quiere terminar con el oficio de existir. Nuestros contemporáneos parecen vivir de oficio. Se enloquecen abarrotados por miles de obligaciones, incluida la más triste -la de divertirse-. Enmascaran la incapacidad de determinar la propia vida con detalladas y frenéticas actividades, con una velocidad que administra comportamientos cada vez más pasivos. No conocen la ligereza de lo negativo. Podemos no vivir, he aquí la más bella razón para abrirse paso con fiereza hacia la vida. “Para dar las buenas noches a los músicos siempre hay tiempo; lo mismo vale darse vuelta y jugar” -así habla al materialismo de la alegría-. Podemos no hacer, he aquí la más bella razón para actuar. Recogemos en nosotros mismos la potencia de todos los actos de los que somos capaces, y ningún amo podrá quitarnos la posibilidad del rechazo. Aquello que somos y que deseamos comienza con un no. De allí nacen las únicas razones para levantarse a la mañana. De allí nacen las únicas razones para ir armados a asaltar un orden que nos sofoca. Por un lado está lo existente, con sus costumbres y sus certezas. Y de certezas, este veneno social, se muere. Por el otro lado está la insurrección, lo desconocido que interrumpe en la vida de todos. El posible inicio de una practica exagerada de la libertad. Nota sobre un Apéndice que no existe. También la calidad de aquello por lo que se siente aversión tiene su importancia. Nos hemos enloquecido, por un cierto periodo, en buscas textos contemporáneos que ilustren con suficiente coherencia algunas tesis que excluyen la posibilidad de la ruptura insurreccional, para sumarlos a un apéndice y hacer aun más claro el contenido de este manifiesto. De modo particular, las tesis del que prefiere los pequeños pasos reformistas y aquellos de quien, autonombrándose representante privilegiado de los explotados, cree poder hacer una revuelta para unos pocos íntimos al son de fuegos artificiales y slogans mal ensamblados. Pero, después de buscar en vano, hemos renunciado. Para encontrar algún texto bien hecho, capas de hacer preguntas serias y actuales, hubiésemos tenido que retroceder veinte años atrás en el tiempo. Del presente se puede decir que es una bolsa siniestra que transforma en mierda todo lo que traga.

Fuente : http://caosmosis.acracia.net

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.